Las fallas emergentes

Las fallas emergentes

En medio de los esfuerzos para promover las clases virtuales vemos que nos falta infraestructura.

09 de abril 2020 , 05:46 p.m.

Muchos hemos afirmado (se volvió una perogrullada) que hay que aprovechar las crisis, solo que cuando tratamos de concretar la idea tartamudeamos. Pero hay algo para lo que, sin duda, son muy útiles. Hacen emerger las fallas y las carencias; hacen evidente aquello que soslayábamos porque (otra perogrullada) lo urgente desplaza a lo importante.

En medio de los esfuerzos para promover las clases virtuales vemos lo que nos falta. Estamos mal en infraestructura. Es cierto que la conectividad ha aumentado y cubre gran parte del país. Pero en algunos lugares (y no me refiero solamente a los apartados e inhóspitos) es un potencial no realizado. No podemos hablar de buena conectividad mientras haya jóvenes y hogares que no tengan acceso a computadores o tabletas.

Pocas inversiones serían más rentables. Es incalculable el impacto que tendría que los hijos de familias campesinas pudieran instruirse e instruir a sus familias, que pudieran recibir recomendaciones en forma interactiva para resolver problemas en sus cultivos, que las pequeñas empresas, incluso las individuales del rebusque, se pudieran apoyar en aplicaciones novedosas.

El hecho es que los esfuerzos del sistema educativo para mantener activos a los estudiantes se estrellan contra esa pared. Los colegios privados costosos y algunas universidades están haciéndolo. Pero la mayoría de las instituciones no pueden llegar a sus estudiantes porque ellos no tienen cómo conectarse. Un recurso son los teléfonos que casi todo el mundo tiene (y hay que usarlos sin duda), pero no es suficiente. Para un verdadero trabajo académico se necesita más.

Sé que el Ministerio de Educación y muchas secretarías están haciendo grandes esfuerzos para activar estrategias a distancia. Están generando materiales para repartir, y elaborando lecciones para ser transmitidas incluso por radio y televisión, pero tenemos que reconocer que, sin una buena infraestructura que permita la interacción maestro-estudiante, es un esfuerzo remedial. Siempre lo supimos; hoy además de importante es urgente. Entre las estrategias para la disminución del impacto social de la pandemia habría que pensar algunas para que los estudiantes pudieran conectarse con sus maestros y con sus cursos, incluso saliendo de sus casas a lugares técnica y sanitariamente habilitados.

El problema se agrava porque hay maestros que no saben usar los instrumentos virtuales disponibles. En la planta oficial de maestros, ya el 41 por ciento tiene un posgrado. Era de esperar que el alfabetismo digital fuera completo, pero no es así. Muchos reconocen que sus habilidades no van más allá del uso del WhatsApp. Es inconcebible y, hay que decirlo, imperdonable. Personas que tienen la educación como propósito vital no pueden asumir que el tren de la virtualidad ya los dejó. En el año 2020, incluso en momentos de normalidad, dejar de usar esos recursos es “pecado mortal”. El sistema tiene que ofrecerles, y exigirles, muy prontamente una capacitación básica.

Es grave que en la universidad se dé, en una minoría muy pequeña, una situación parecida. Algunos no reconocen la limitación y la convierten en “cuestión de principios” rodeándola de un discurso. El exrector de la Universidad Nacional, Ignacio Mantilla, transcribió a un colega que relataba cómo uno de sus cinco cursos no se pudo montar porque en una sesión virtual votaron, y le comunicaron virtualmente, que el curso virtual no era factible.

El Congreso de la República ha venido dando un pésimo ejemplo. En estos momentos en que se necesita en plena actividad se enredó en una discusión sobre la legalidad de la virtualidad. Quién quita que surjan algunas personas que “entutelen” a la realidad porque les cambió unilateralmente los “términos del contrato”.

Moisés Wasserman
En Twitter: @mwassermannl

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