Las estatuas de los malos

Las estatuas de los malos

Las que podemos tumbar con tranquilidad son las de aquellos que actuaron con una inusitada maldad.

09 de julio 2020 , 09:25 p.m.

Eso de tumbar estatuas es una vieja costumbre. La primera acción de Abraham para definir su monoteísmo fue destruir los ídolos en casa de su padre. Los emperadores en los imperios, de Oriente y Occidente, se sentían más seguros si descabezaban las estatuas de sus antecesores. Había que imponer una religión, o definir quién mandaba.

Para destruir un dios se necesita estar absolutamente seguro de que se actúa en nombre de otro, que es el único verdadero. Para destruir a un personaje, uno tiene que estar muy seguro de su maldad, y esa seguridad hoy proviene de una indignación apasionada, no de un análisis reflexivo.

Una sentencia binaria, de bueno o malo, teniendo como referencia aquello que hoy condenamos, podría poner en problemas a todos los que no fueron santos, y también a algunos que lo fueron. ¿Qué vamos a hacer con Bolívar, quien casi toda su vida tuvo esclavos? ¿O con Gandhi, que maltrató a su mujer y sus hijos (contado por él mismo en su autobiografía)? Corren cuentos desagradables sobre santa Teresa de Calcuta, y san Pedro Claver debe de estar nervioso en su plaza en Cartagena.

Acusar a Lincoln de esclavista no es correcto. Seguramente a mediados del siglo XIX casi todos los europeos y americanos tenían manifestaciones que en alguna medida eran racistas, pero él condujo una guerra civil para terminar la esclavitud. ¿Churchill, fascista? Luchó en su juventud por conservar las colonias inglesas, pero eso no lo hace fascista; por el contrario, combatió el nazismo y lo derrotó.

Resulta inevitable preguntar, entonces, cuándo sí es legítimo tumbar estatuas. ¿Por qué no están en pie las de Hitler y Stalin? Una respuesta es que existen diferentes medidas de maldad, y hay casos en los que la persona es diabólicamente mala. Hay elementos objetivos que nos permiten reconocer esos casos, y como hablamos de humanos, no de ángeles, podemos establecer cuáles maldades son absolutas y cuáles explicables por alguna circunstancia, como la de que se hicieron cuando no eran reconocidas como malas por la ley ni por la moral de su época.

Curiosamente, la actual intolerancia ‘políticamente correcta’ ha surgido en los mismos medios académicos que llevan años sosteniendo posiciones de relativismo moral. Han mantenido que la moral es una construcción cultural y, por lo tanto, no se le puede exigir a alguien de una cultura que se comporte de acuerdo con los parámetros de otra. Eso filosóficamente es flojo, pero, además, entra en contradicción absoluta con la condena que ellos mismos les están haciendo a personajes históricos, basada en concepciones morales de hoy.

La moral ha cambiado a lo largo de la historia; eso no podía haber pasado si hubiera dependido exclusivamente de una revelación divina que por definición debía ser cierta e inmutable. La razón, la lógica, la filosofía y el conocimiento científico nos han permitido llegar en cada época a un consenso nuevo y mejor. La esclavitud, aceptada desde los orígenes de la historia hasta el siglo XIX, hoy es un delito de lesa humanidad. Los derechos a la libertad, a la igualdad, a la educación y al libre desarrollo son hoy derechos universales.

Las estatuas que podemos tumbar con tranquilidad son las de aquellos que actuaron con una inusitada maldad, desconociendo códigos universales vigentes en la época en la que vivieron. Las otras son de humanos grandes y pequeños, con méritos y errores. Parecería aceptable poder resaltar algunos de esos méritos históricos.

Algo que debían saber los ‘correctos’ apasionados es que a los pedestales les repugna estar vacíos. Así, su indignación terminará poniendo sobre ellos a nuevos personajes. Hoy se perfilan algunos con ganas de estatua, y que astutamente aprovecharán esa indignación global para construírsela.

Moisés Wasserman@mwassermannl

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