La ley de polarización de grupo

La ley de polarización de grupo

El comportamiento en los grupos de discusión parece estar dominado por el contagio.

14 de noviembre 2019 , 07:00 p.m.

El sentido común dice que las discusiones entre grupos con distintos puntos de vista deberían producir mejores soluciones. Ese sentido común lo han reforzado durante siglos muchos pensadores. Por ejemplo, Aristóteles, en La política, dice que “...cuando hay muchos que contribuyen al proceso de deliberación, cada uno puede traer su parte de bondad y de prudencia... algunos aprecian una parte; otros, otra, y juntos aprecian el todo”. Diría uno, usando ese sentido común, que el debate es un mecanismo para disminuir la polarización. Sin embargo, parece que otra vez se equivoca el sentido común.

Cass Sunstein, en un ensayo de hace ya unos 20 años, postuló la “ley de polarización de grupo”. Sunstein es coautor con Thaler, premio nobel de economía, del libro Un pequeño empujón, es profesor de derecho y ciencias políticas en las universidades de Chicago y Harvard y fue director de la oficina norteamericana de información y asuntos regulatorios, durante la presidencia de Obama. Menciono esos hechos de su currículo para señalar que algo debe saber del tema. Se hace necesario decir esto, porque entre muchos de nuestros comunicadores y líderes sociales se ha impuesto la idea de que quienes se preocupan por la polarización son tibios y despistados.

Se trata de una ley empírica, basada en estudios de psicología experimental y análisis de regularidades en el comportamiento de grupos. Dice que “la deliberación tiende a mover grupos, y a los individuos que los componen, hacia una posición extrema en la dirección indicada por sus juicios previos a la discusión”. Esa ley tendría implicaciones serias en muchas actividades humanas. Explica los extremismos, la radicalización política y religiosa y los tribalismos y antagonismos étnicos.

Entre los estudios de soporte menciona uno que muestra cómo, en paneles de tres jueces, las decisiones de condena fueron más duras que las que cada juez hubiera impuesto antes de la deliberación. Otro estudio muestra cómo en juntas directivas se asumen decisiones con mayores riesgos de los previstos, después de la deliberación conjunta de sus miembros.

El comportamiento en los grupos de discusión parece estar dominado por el contagio. La gente quiere ser percibida favorablemente por los miembros de su grupo, y para preservar esa percepción es capaz de asumir posiciones con las que estaba solo parcialmente de acuerdo en un principio, pero que de inmediato incorpora como si fueran propias. En este proceso, las repeticiones del mismo argumento y el énfasis en su defensa generan corrimiento hacia una posición más extrema.

Las dudas de Sunstein incluyen a los grandes cuerpos legislativos. Realmente sería interesante que algún buen politólogo hiciera un trabajo de investigación sobre cuántas posiciones cambian en el Congreso de la República como resultado de los argumentos durante la deliberación. Mi predicción sería que muy pocos, si es que alguno. Cambian posiciones por ofertas, por alianzas, hasta por ‘mermelada’. ¿Pero hay casos reales en que una bancada haya convencido a otra con argumentos? Tal vez se podría ahorrar tiempo y esfuerzo.

El asunto, por supuesto, es cómo no ser esclavo de esa ley y sacar ventaja del poder (según dicen los filósofos) que tienen la discusión y el debate. Sunstein propone la fragmentación de la discusión en muchos grupos heterogéneamente conformados. A mí me parece más importante la etapa previa a la adopción de las posiciones iniciales. Los maestros deben exponer posiciones diversas y estimular decisiones individuales y autónomas en sus educandos. Eso podría sacarnos del callejón sin salida; de otra forma, seguiremos escogiendo solo aquellos hechos que confirman nuestras opiniones previas, y la gritería será ensordecedora.

@mwassermannl

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