Exigir lo imposible

Exigir lo imposible

Ojalá algún día las vacunas sean libres, pero antes toca resolver el problemita ese de quién paga.

07 de enero 2021 , 09:25 p. m.

Yo era estudiante universitario en mayo del 68 y gritaba como todos mis compañeros el lema parisino ‘Seamos realistas, exijamos lo imposible’. Pasaron 53 años, y el mundo ha tenido grandes progresos. Solo funcionaron los que eran posibles.

Una experiencia aleccionadora fue la lucha por las publicaciones científicas abiertas. Participé en reuniones internacionales en las que reclamamos el acceso total y gratuito a la literatura científica. En la Declaración Universal de Derechos Humanos, el conocimiento se establece como un bien universal, pero las suscripciones a las revistas son tan onerosas que ese derecho queda en veremos.

Algo se avanzó; hoy hay un movimiento de ciencia abierta y muchas revistas ofrecen sus contenidos gratuitamente. Pero la pregunta obvia de ‘quién paga’ la contestamos con otro lema ingenuo: los gobiernos. No pensamos que para eso se necesitaría un imposible: unión de todos los países e interés duradero a prueba de brexits y Trumps. Hoy, parte de la literatura científica (no toda) es gratuita, pero los costos se transfirieron al autor, y pasamos de pagar para leer a tener que pagar para que nos lean.

Oyendo las exigencias de algunos políticos y colegas académicos sobre las vacunas, temo que repitamos el mismo camino. Ojalá algún día vacunas y fármacos sean libres, sin patentes, pero antes toca resolver el problemita ese de quién paga. La respuesta de que sean los gobiernos no es buena. Eso fue exactamente lo que pasó con las vacunas para el covid-19; los gobiernos pagaron, pero exigieron a cambio prelación para sus países. No fueron solo los malvados del norte, también nosotros.
No estamos de primeros en la fila porque no pagamos tanto ni tan pronto como los más ricos, pero tampoco somos los últimos porque pagamos más y antes que los muy pobres.

Políticos y algunos colegas han exigido negociar precios con dureza, incluir cláusulas que obliguen a las farmacéuticas a indemnizar cualquier efecto negativo, y renunciar a sus patentes. Pero no tengo claro cuál es su plan B si las farmacéuticas no aceptan. ¿Las castigamos y no les compramos su pinche vacuna?

Más grave aún: ¿qué pasaría si nos ceden la patente y los derechos de producción? Temo que tendríamos papeles, pero no vacunas. Acabamos de abrir en Bogotá unas instalaciones médicas para uso de células madre, tienen apenas 280 m² y nos tomó seis años montarlas. La planta de producción (ojalá la construyéramos) no estaría lista para esta pandemia.

Podríamos entregar los derechos a las farmacéuticas sudafricanas e indias que producen genéricos. Pero hay que aclarar que esas compañías no pertenecen a las hermanitas de la caridad; son compañías con pleno ánimo de lucro, venden más barato porque no inventan nada, producen lo que otros desarrollaron y no invierten en investigación ni en pruebas de campo complicadas. Además, les tomaría un buen tiempo adaptar sus líneas de producción para garantizar la cobertura mundial necesaria. Cualquiera con calculadora podrá constatar que esperar un par de años saldrá más costoso que pagar la vacuna.

Siguiendo con ese hilo de pensamiento, habría que preguntar qué pasará en la próxima pandemia, ¿quién convencerá a las compañías que desarrollaron las vacunas de hoy, en tiempo récord, de que vuelvan a hacerlo, sabiendo que deben transferir los derechos a las que producen genéricos? Podremos, tal vez, acudir a las farmacéuticas chinas o rusas, pero no hay evidencia de que eso vaya a resultar mejor, más rápido, más barato y más desinteresado.

Yo les diría a quienes plantean esas exigencias que piensen en un plan B. Sus declaraciones producen aplausos, pero de pronto lo imposible tampoco sea posible esta vez. Hay que cuidarse, por si acaso, de que exigir lo imposible no implique renunciar a lo posible.

Moisés Wasserman@mwassermannl

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