Empatía

Empatía

Si tomáramos más en serio la naturaleza humana, podríamos arreglar los problemas mejor.

23 de enero 2020 , 07:00 p.m.

Hace unos años, Barack Obama conmocionó a buena parte de sus compatriotas y a mucha más gente en el mundo cuando en uno de sus discursos afirmó que “el déficit de empatía es un problema político más grave que el déficit fiscal”. Obama lo decía porque le preocupaba la polarización política extrema que veía en su país y el mundo. Imaginen, le preocupaba la polarización que muchos presentan hoy como una virtud excelsa del ciudadano “responsable”.

Aunque parezca extraño, la palabra ‘empatía’ se acuñó hace relativamente poco. Apareció por primera vez en 1909, y se construyó de una raíz griega que significa emoción y pasión. Se entiende como la capacidad (o el fenómeno) de sentir como propias emociones ajenas, o sea, la capacidad de ponerse en los zapatos del otro, lo que ha sido reconocido por muchos autores como el origen de la moral.

Corresponde (al menos parcialmente) a lo que Adam Smith llamaba el “sentimiento moral”, y ha sido bastante estudiada por evolucionistas, psicólogos y neurocientíficos modernos. No es algo exclusivo del humano. De hecho, hay muchos experimentos con animales que demuestran su existencia. Uno de los más conocidos se hizo con unos topos de pradera, roedores muy sociales que forman parejas monógamas permanentes. Separaron temporalmente unas parejas, y al reunirlas de nuevo no manifestaron ninguna extrañeza con la separación. Pero si uno de los dos topos era sometido a pequeñas descargas eléctricas, el otro que lo había presenciado recibía a su pareja con emotivas demostraciones de afecto y la consentía por un buen rato.

Se entiende como la capacidad (o el fenómeno) de sentir como propias emociones ajenas (...) lo que ha sido reconocido por muchos autores como el origen de la moral

Experimentos con animales, y con grupos de voluntarios, permitieron demostrar que áreas específicas del cerebro, la ínsula y la corteza cingulada anterior, se activan en quienes reciben un estímulo de dolor o de estrés, y también, en igual forma, en quienes observan la situación con empatía. No solo se demostró así la existencia de la empatía, sino que se localizó con precisión el lugar del cerebro donde ocurre (lo siento por quienes creen que los sentimientos están en el corazón).

Eso nos podría llevar a la conclusión optimista de que somos empáticos por naturaleza y deberíamos tener la tendencia a resolver nuestros conflictos en paz. Infortunadamente, no es tan sencillo. Un ejemplo dramático es el de Anders Behring Breivik, quien hace unos años entró armado en una isla de la pacífica Noruega y asesinó a sangre fría a 69 personas. Durante su juicio afirmó que sentía una especial empatía por la gente, y por eso le tocó entrenarse durante mucho tiempo, usando meditación al mejor estilo zen, para sobreponerse a su empatía natural y poder llevar a cabo los crímenes que le parecían necesarios. Otro ejemplo, más cotidiano, es la forma como la empatía por un equipo de fútbol, o un grupo político, lleva a las personas a obtener más placer con el fracaso del oponente que con el éxito del propio; la más pura alegría por el mal ajeno.

Según la neurociencia, hay tres componentes en la empatía humana. El primero es el emocional, que se describió antes. Un segundo componente es cognitivo, la capacidad de entender racionalmente las causas y condiciones de los sentimientos del otro. Finalmente hay un componente de compasión, que es el que motiva a actuar para aliviar los sufrimientos.

Tal vez Obama se haya referido a que son indispensables los tres componentes. Si tomáramos más en serio la naturaleza humana, con sus pros y sus contras, podríamos arreglar los problemas mejor de lo que lo hacemos. No solo se aplica a los problemas políticos. Varios estudios han mostrado que, basándose en esta concepción compleja de la empatía, se pueden lograr mejores resultados en la enseñanza, actitudes más proactivas en las empresas y, a la larga, gente mucho más feliz.

@mwassermannl

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