Discutir sobre la felicidad

Discutir sobre la felicidad

¿Se podría decir que la felicidad es algo diferente para cada cual?

08 de agosto 2019 , 07:00 p.m.

Dos columnistas de este diario (amigos y colegas en diversos ámbitos) han abordado en columnas recientes el tema de la felicidad. Francisco Cajiao, como buen educador, acude a Aristóteles y la define como la búsqueda de un propósito trascendente. Hace un llamado a educar a los jóvenes dándoles herramientas virtuosas como fortaleza, constancia y entusiasmo. Lo que motivó su columna fue un desacuerdo con el nombre de Centros de Felicidad con el que la Alcaldía de Bogotá bautizó nuevos espacios con gimnasios, canchas, bibliotecas y aulas en varias localidades.

Fernando Sánchez Torres acude a Platón, quien define la felicidad como posesión de cosas buenas, y a San Agustín, que la considera un regalo de los dioses. Como médico, además de educador, coincide con Tomás Moro en identificar la felicidad con la salud.

Después de leerlos pensé que es una felicidad el hecho de que aún le encontremos gusto a discutir sobre el sentido de la felicidad. Las divergencias de matiz en algunos de sus puntos de vista son una indicación de lo difícil que es entender algo tan abstracto y que está en las aspiraciones de todo el mundo.

¿Se podría decir que la felicidad es algo diferente para cada cual? Ya que la cosa es citando filósofos, yo recordaría a Carlitos (Charlie Brown), quien la define como tener una copa con helado de dos sabores. Quienes trabajamos en alguna de las ramas de la ciencia mantenemos que felicidad es entender algo que antes era incomprensible.
Hay quienes afirman que felicidad es que su equipo de fútbol gane el ‘clásico’ (y quien lo duda es porque no ha estado en un estadio). Todos estos sentimientos coinciden con una concepción de felicidad que consiste en poseer las cosas favoritas: un helado, una buena teoría, una copa dorada.

El opuesto a la alegría no es la infelicidad sino la tristeza, que es aquella emoción que lo alerta a uno sobre algo que no va bien. Se puede ser feliz y estar triste

Pero eso no es muy cierto; las definiciones son difusas. El presidente López Michelsen solía decir que “ya que estamos tan felices en la fiesta, vámonos para otro lado”. Se puede entender como un llamado a que distingamos la alegría de la felicidad. El opuesto a la alegría no es la infelicidad sino la tristeza, que es aquella emoción que lo alerta a uno sobre algo que no va bien. Se puede ser feliz y estar triste (lo saben quienes se pegan a veces una deliciosa lloradita).

La virtud por sí sola no garantiza la felicidad. Por otro lado, es cierto que es mejor estar sano que enfermo (corolario del teorema de Pambelé), pero estar sano no es lo que lo hace a uno feliz, y hay también personas que son capaces de felicidad estando enfermas.

Tampoco estoy seguro de que la felicidad sea algo diferente para cada persona. El neurocientífico y filósofo Joshua Greene afirma que la felicidad es igual para todas las personas, solo que aquello que la produce es diferente para cada cual. Todavía no es posible medirla con la neurociencia, pero él predice que muy pronto lo será y espera que su hipótesis se confirme. La hipótesis, si lo miran bien, no es descabellada. Ya alguien decía que los motivos de felicidad son aquellas cosas que hacen sonreír.

Cajiao recordaba a Benjamin Franklin, quien afirmaba ser feliz porque se había fijado un programa de vida fiel a trece virtudes (algunas de las cuales, señala, se sentirían hoy como maldiciones). Franklin no estaba tan equivocado. En verdad, la promoción de la felicidad en el mundo depende de valores como amor, amistad, verdad, educación, conocimiento, arte, libertad, justicia, honestidad y otros por el estilo. Esos valores hacen que nuestras experiencias sean significativas, y puede que la felicidad sea simplemente eso: un conjunto de experiencias significativas. El nombre Centros de Felicidad puede no ser el adecuado, pero facilitarles a los jóvenes experiencias significativas sí es una política que puede producir felicidad.

@mwassermannl

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