Curiosidad, conocimiento y ciencia

Curiosidad, conocimiento y ciencia

Es inocua la discusión sobre si es más importante la ciencia básica o la aplicada.

03 de octubre 2019 , 07:00 p.m.

Soy fan de la especie humana (lo que se ha vuelto políticamente incorrecto). Me parece que al ver su evolución, no puede uno dejar de maravillarse con los increíbles instrumentos que ha desarrollado para sobrevivir y multiplicarse. Sin embargo, no creo, como algunos, que estos hayan surgido de la nada y que las raíces de sus capacidades no estén presentes en otras especies. En la evolución las funciones no aparecen súbitamente, siempre provienen de otra anterior, y a veces cambian radicalmente sus objetivos. Los evolucionistas tienen claro que en lo nuevo siempre está presente lo viejo, incluso en funciones que desaparecen. Así vemos restos de huesos de patas en las ballenas y residuos de cola de monos en nuestros respetables traseros (y en los de los simios).

La curiosidad y el conocimiento no son excepciones. Quien ha tenido una mascota y quien ha visitado un zoológico (también políticamente incorrecto hoy) habrá visto que la curiosidad existe en otras especies. Los infantes exploran su hábitat, a veces con riesgo pero también con ganancias porque descubren dónde están los alimentos y dónde los peligros. La curiosidad, también en los animales, genera conocimiento.
Descubren qué frutas son buenas, y que las rojas son mejores que las verdes. También hay animales (sobre todo los simios) que desarrollan tecnologías y se las enseñan a sus hijos. Usan piedras para romper nueces, alcanzan las frutas altas con palos y usan cañas delgadas para pescar en los termiteros.

Lo novedoso en la especie humana es la capacidad que tiene, más allá de registrar un hecho, para explicarlo. Es decir, su capacidad para generar hipótesis. Desde recién nacido, el ser humano las está generando. El bebé reconoce a su mamá aunque se haya cambiado el suéter rosado que usó desde su nacimiento. Sin haber leído las Categorías de Aristóteles, el recién nacido ya genera hipótesis sobre qué cualidades son intrínsecas a su mamá, como voz, olor y textura de la piel, y descarta otras como el color del suéter.

Los países innovadores tienen programas que apoyan la ciencia basada en la curiosidad. Pareciera buena idea imitar a quienes tienen éxito

Algunas hipótesis del humano son correctas y otras, no. Efectivamente, los frutos se dan mejor cuando ha llovido, pero no es cierto que llueva después de que ellos dancen alrededor de una hoguera o de que recen. Poco a poco se afinaron los instrumentos para acertar, y muy recientemente en la historia de la especie surgió la ciencia, que es un instrumento para confrontar hipótesis con observaciones e incluso con experimentos artificiales, que les permiten refutar las incorrectas. Así se obtienen descripciones adecuadas de los hechos (aunque mejorables) y explicaciones con buena capacidad predictiva. Continuando con el ejemplo de antes, la ciencia permitió saber cuándo el árbol necesitaba agua para dar buenos frutos, cuál es el papel del suelo y cómo se lo puede ayudar para nutrir mejor la planta. Hoy se sabe también qué genes están involucrados en el proceso de maduración del fruto, y ese conocimiento permite modificarlos para producir más y mejor.

En muchas ocasiones, las tecnologías precedieron la ciencia. El ejemplo clásico es la máquina de vapor, que precedió en casi 100 años la formalización de la termodinámica. Pero esa tecnología debió ser bien entendida para que continuara su mejoramiento. La máquina de vapor precedió la termodinámica, pero esta hizo posibles los motores modernos. Sin la termodinámica se daban palos de ciego.

Por eso es inocua la discusión sobre si es más importante la ciencia básica o la aplicada, la teórica o la tecnológica. Todas son necesarias, se realimentan mutuamente porque solas son insuficientes. Los países innovadores tienen programas que apoyan la ciencia basada en la curiosidad. Pareciera buena idea imitar a quienes tienen éxito.

@mwassermannl

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