¡Cuidado, gente conspirando!

¡Cuidado, gente conspirando!

Estas épocas aumentan la propensión a creer en teorías descabelladas.

30 de mayo 2019 , 07:00 p.m.

Parece que cada uno de nosotros tiene su propia teoría conspirativa. Mi preferida es que “alguien en las redes está conspirando para difundir teorías conspirativas”. Esta tiene todas las características ‘deseables’. Es incoherente e ilógica, no está basada en hechos, es abiertamente mentirosa y, sobre todo, no sirve para nada útil.

Las teorías conspirativas existen desde tiempos inmemoriales. Casi siempre tratan de cómo el mal se organiza contra el bien. Durante siglos, una mujer algo independiente era sospechosa de un pacto de brujería. Era fácil decidir si la sospecha era cierta. Se arrojaba amarrada a un pozo; si se ahogaba, la acusación era falsa; si sobrevivía, solo podía haber sido por sus poderes maléficos y debía ser quemada en la hoguera.

Seguramente, la más clásica de esas teorías era la de Los protocolos de los sabios de Sión. Se trataba, supuestamente, de un libro en el cual se mostraba cómo los judíos habían armado desde la antigüedad un complot para dominar el mundo. El libro fue escrito en 1897 por la policía secreta del zar, y es mayoritariamente un plagio de Diálogos en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu, escrito en 1864 por Maurice Joly, y de Biarritz, novela de Hermann Goedsche publicada en 1868. Es difícil demostrar más una falsedad. Sin embargo, aún se encuentra ocasionalmente en la mesa de ‘novedades’ de algunas librerías.

El pesimismo y la falta de credibilidad en las autoridades y las instituciones estimulan la creencia en complots

Karl Popper abordó el tema en La sociedad abierta y sus enemigos. Señaló que esas teorías se basan en la tendencia a considerar todo evento como intencional y planeado, desestimando la naturaleza azarosa y las consecuencias no intencionales de muchas acciones políticas y sociales. La psicología moderna describe este hecho como el sesgo cognitivo de “error fundamental de atribución”, que es la tendencia a sobrestimar las acciones de los otros, atribuyéndoles un poder y una intención que no tienen. A veces se mezcla con otra falacia, el “sesgo de proporcionalidad”. Algo “muy grande” no puede haber sucedido por una causa menor. A Kennedy tuvieron que asesinarlo unos tenebrosos conspiradores, no es imaginable que haya sido la iniciativa de un maniático insignificante.

El problema es que estas épocas aumentan la propensión a creer en teorías descabelladas. El pesimismo y la falta de credibilidad en las autoridades y las instituciones estimulan la creencia en complots; se siente uno más seguro con un culpable por los males. El mundo se ve más predecible y controlable. Un ejemplo en nuestra realidad es cómo coinciden los trolls de los dos extremos políticos, para inventar teorías que “demuestran” que quienes no se identifican con ellos están en realidad conspirando con los otros.

No se puede negar que hay, y ha habido en la historia, conspiraciones reales. El problema es cómo distinguir entre el inmenso mar de las falsas y aquellas pocas que son reales, y cómo convencer a los creyentes de que están equivocados.

La invocación a una argumentación racional parece insuficiente. Seguro los lectores alguna vez han tenido un amigo que con cara de ‘a mí no me engañan’ les dice que los argumentos de ustedes son en realidad, exactamente lo que ‘ellos’ quieren hacernos creer. La ciencia sin duda contribuiría, pero la creencia en complots va hoy de la mano con un rechazo visceral a la ciencia.

Se recomienda usar la ‘navaja de Ockham’. Es decir, inclinarse por la teoría con menos supuestos. Pero a veces no funciona porque la evaluación del supuesto puede ser como la del adolescente hiperhormonado, que no puede creer que cuando la amiga le dijo no, quería efectivamente decir no. Una posible receta es la de aplicar la más fría racionalidad y sospechar de cualquier teoría que nos tranquilice adjudicando las culpas a personas que no queremos.@mwassermannl

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