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Cuando se bloqueó una ambulancia

Cuando se bloqueó una ambulancia

Hay políticos y líderes que creen estar ejerciendo el papel mesiánico de salvador, pero no es así.

01 de julio 2021 , 09:25 p. m.

En uno de los recientes episodios del programa Los informantes, dirigido por María Elvira Arango, relataron una historia inmensamente triste. Una pareja de campesinos cundinamarqueses, que personifican la humildad y la decencia humana (¿recuerdan cuando la palabra ‘decencia’ se usaba decentemente?), cuentan cómo manifestantes bloquearon la ambulancia que los trasladaba a Bogotá, para atender un parto prematuro y complicado. No pudieron llegar, y el bebé que esperaban con ansia no sobrevivió. Sin rencor ni odio, pero con gran dolor, relatan que los manifestantes atacaron la ambulancia golpeándola y amenazando con quemarla porque, decían, estaba llevando armas para el Esmad. Era su tercer embarazo fallido, se habían endeudado por encima de su capacidad para pagar un tratamiento de fertilidad en Bogotá. Ahora, perdidas todas las esperanzas, trabajarán, ella de sol a sombra en el campo, él todo el tiempo en la sombra de una mina de carbón, para pagar su deuda.

Había, para la gente que bloqueaba la carretera, dos explicaciones posibles a la presencia de una ambulancia. Una era que llevaba a un enfermo que necesitaba atención urgente; la otra, que llevaba armas para el Esmad. Esas armas debían ser transportadas en secreto desde Chocontá a Bogotá.

¿Cuál será el mecanismo mental, la secuencia de pensamientos lógicos, que llevó a esos exaltados a aceptar, sin que los asaltara ninguna duda, que la segunda explicación era la correcta? ¡Imaginen, lectores, desde el ‘estratégico centro de distribución de armas’ de Chocontá! Ni siquiera se les ocurrió que podían echar un vistazo; quién quita que, contra toda su lógica, la ambulancia estuviera cumpliendo con la exótica labor de trasladar a un enfermo.

Han pasado muchos años y no ha cambiado gran cosa la humanidad. En alguna época perseguían y quemaban a unas pobres mujeres, convencidos de que eran brujas, volaban en escobas y con sus hechizos provocaban pestes y desgracias. En Europa, durante cientos de años, mataron en pogromos a los judíos, acusándolos de envenenar los pozos de agua y preparar su pan ázimo de Pascua con sangre de niños cristianos. El mecanismo mental para ejercer la crueldad, sustentado en historias absurdas y fantasiosas, pareciera ser el mismo en todos los casos. Primero es necesario configurar un enemigo de una supuesta maldad inmensa, al cual se le puede adjudicar lo que sea, después hay que apagar cualquier asomo de crítica al cuento que circula de boca en boca, como si fuera un dogma, y sobre todo hay que estar enardecido, lleno de rabia, odio e indignación.

Una de las cosas que ofrece Google es la sección de imágenes, donde uno puede encontrar los retratos de perpetradores del mal y mirarlos a los ojos para tratar de escudriñar algo de lo que los motiva. Yo lo hago rutinariamente con los malvados de mis lecturas. Así que, pensando en quienes promovieron esos casos, busqué a fray Tomás de Torquemada, primer gran inquisidor de Castilla y Aragón, de quien se dice que hizo quemar vivas a diez mil personas y martirizó a otras cien mil. También busqué la cara de Bogdan Jmelnitzky, el líder cosaco (siempre presente en las maldiciones de mi abuelita) que arrasó con sus hordas los pueblos judíos en Ucrania y parte de Polonia. En los dos encontré una expresión parecida. No era la “banalidad del mal”, como Hannah Arendt propuso, lo que se veía en ellos. Era determinación; el convencimiento de que cumplían con una misión salvadora, frente a la cual vidas y dolores eran insignificantes.

Me di cuenta, con espanto, de que hay entre nuestros políticos y líderes, también en gente del común, quienes tienen esa misma expresión. Creen estar ejerciendo el papel mesiánico de salvador. No sé si tendremos la fortaleza que nos salve de los salvadores.

Moisés Wasserman@mwassermannl

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