Crónico y agudo

Crónico y agudo

Hay que distinguir entre lo que se puede remediar pronto y lo que exige políticas de largo término.

09 de enero 2020 , 07:05 p.m.

Vivimos momentos de incertidumbre. Uno de los elementos que contribuyen es la confusión entre los males crónicos y los agudos, y aquello que hay que hacer para resolver, en forma diferente, cada uno de ellos. Las protestas en Colombia y en todo el mundo están llenas de indignación. En la indignación se encuentran los diagnósticos, los listados de males e insatisfacciones, que son, a veces, muy largos porque cada uno tiene derecho de indignarse por lo que le molesta. Los remedios deben tener otra forma, una que se pueda concretar en acciones para que toda esa energía no derive en nuevas frustraciones.

Si alguien come algo contaminado con salmonela y le da una fiebre tifoidea, estaría sufriendo una enfermedad aguda. El médico le recetará inmediatamente un tratamiento enérgico con antibiótico y estará muy alerta frente a su evolución, porque circulan cepas resistentes. En ese caso, cambiará a otro medicamento de segunda línea. Si el enfermo va donde alguien que le pone las manos en los hombros y le reza, o le da un perfume, o un cuarzo, lo más posible sería que se muriera.

Si otra persona sufre de obesidad mórbida acompañada de diabetes e hipertensión, tendría una enfermedad crónica, y debería someterse a una dieta muy prolongada y a un régimen de ejercicios, posiblemente acompañados de algunos medicamentos. Si va donde un médico que le recomienda una infusión aromática que lo va a curar pronto y sin dieta ni ejercicio, no se va a mejorar, aunque el ‘médico’ se enriquezca.

Si el gordito es tan de malas que, además, se intoxica con una salmonela, el buen médico priorizará el tratamiento a la enfermedad aguda porque si no, se queda sin paciente para tratar la crónica. Es decir, aunque las dos dolencias son muy importantes, se trata primero lo primero y segundo, lo segundo, sin que eso implique menosprecio a la condición de diabetes crónica.

Es una situación aguda, y para proteger a una población desvalida del ataque de grupos criminales armados, no hay nada diferente a la fuerza del Estado

Los gobernantes enfrentan situaciones parecidas. Recientemente oía a un periodista, en un noticiero radial de la más alta audiencia, describir el infame confinamiento de los habitantes de Bojayá, sitiados por paramilitares de las autodefensas gaitanistas y por el Eln, para terminar diciendo con sorna que “lo único que se le ocurre al Gobierno es enviar tropas”. Pues sí, es una situación aguda, y para proteger a una población desvalida del ataque de grupos criminales armados, que han demostrado no tener reatos de conciencia, no hay nada diferente a la fuerza del Estado. Lo saben y reclaman muy bien los habitantes de Bojayá.

Eso no obsta para que haya que emprender, para lo crónico, otras acciones de impacto social. La primera urgente es la de asegurarles alimentación y salud; después, otras estructurales que traigan bienestar. Pero descalificar (como el periodista) la acción militar puede sonar ‘progre’, pero es muy torpe. El paciente se puede morir mientras tanto. No es sensato pedir acciones contra la violencia, descartando los medios legítimos que tiene la sociedad, para controlarla.

Algo parecido, guardadas proporciones, sucede con las marchas y las 104 exigencias del comité del paro. Creo que hay que distinguir entre aquello que se puede remediar con prontitud y lo que necesita políticas de más largo término, y también aquello en lo que el diagnóstico no ha sido suficientemente riguroso. El que uno sienta intensamente que algo es incorrecto no es suficiente. Que uno tenga una teoría económica o social distinta no basta para asumirla como la única opción legítima y no lo disculpa de evaluar posibles consecuencias no deseadas. Acá, como lo que sucede en medicina con los fármacos, es indispensable demostrar, con estudios de casos, las bondades de las medicinas recetadas y los posibles efectos colaterales de los que habría que cuidarse.

@mwassermannl

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