Confabulaciones y conspiraciones

Confabulaciones y conspiraciones

Ahora que analizamos candidatos sugiero que, además de propuestas, verifiquemos su sanidad mental.

19 de septiembre 2019 , 07:00 p.m.

Hace años, una persona muy cercana y querida tuvo un derrame cerebral y quedó con parálisis de la mitad del cuerpo. No podía moverse sino con ayuda. Un día que la visité se quejó de que la noche anterior había tenido que bajar al primer piso a lavar una cantidad de loza. No supe cómo tomarlo; era imposible lo que me decía, pero ella no estaba demente, era extraordinariamente aguda y precisa en sus observaciones sobre mi vida y el mundo. Leyendo descubrí que se trataba de una patología conocida. Ella estaba confabulando. Creaba cuentos (fábulas) para desconocer su limitación física.

La patología ya había sido descrita en 1895 por Von Monakov, y en 1914, Babinski le puso el nombre de anosognosia. Un déficit de conciencia en el que la persona con una inhabilidad física es totalmente incapaz de reconocerla. Relató los casos de varios pacientes, por ejemplo el de una persona que quedó ciega como consecuencia de un trauma cerebral, y describía al viejo, gordo y calvo que la interrogaba (como si lo viera) apuesto, joven y con hermosa cabellera negra.

Una posible explicación surgió de un extraño (hoy) tratamiento usado en los años 60 para pacientes con epilepsia grave. La premisa fue que en estos pacientes, los dos hemisferios del cerebro entran en conflicto, sufren una especie de cortocircuito que lleva a convulsiones muy frecuentes y a una inhabilidad permanente para funcionar bien en la vida. El tratamiento consistió en separar los dos hemisferios cortando el cuerpo calloso que los une. Los pacientes dejaron de convulsionar, pero se volvieron confabuladores consuetudinarios. Justificaban cualquier evento con las explicaciones más extrañas y absurdas que uno podía imaginar.

La hipótesis explicativa que surgió fue que cada uno de nosotros tiene dos personas distintas, residentes en hemisferios diferentes. Uno es un novelista, capaz de inventar las más originales e imaginativas historias; el otro, un periodista verificador de hechos (fact checker). Cuando se separan, o cuando el verificador de hechos es suprimido por un daño cerebral, surge el gran confabulador, que inventa historias absurdas sin ningún control.

En este caso, como en muchos más de la psiquiatría, una condición patológica puede explicar actitudes psicológicas normales, o al menos que no se pueden caracterizar como enfermedad. Es más frecuente de lo que uno quisiera ver que, en su actividad cotidiana, las personas pierdan o acallen su ‘verificador de hechos’ y le den libre rienda al novelista. Entonces surgen las teorías absurdas, muchas de ellas teorías de conspiración (otro significado de la palabra ‘confabulación’). En política se ha vuelto extremadamente corriente, incluso con gente altamente ilustrada, que denuncie conspiraciones fabulosas usando falsas fotografías y declaraciones, que con una simple verificación quedarían rebatidas. Muchas personas no tienen inconveniente en crear acusaciones enredadísimas contra otras que no son de su agrado y desechan, sin siquiera mirar, las pruebas que las refutan. No es que les cueste trabajo decir ‘no sé’, o ‘no estoy seguro’, sino que sufren de incapacidad para darse cuenta de que no saben. Eso les da su extraordinaria seguridad. Es una forma de anosognosia política.

Ahora que nos acercamos a las elecciones y analizamos candidatos, sugiero comedidamente que, además de sus propuestas políticas, verifiquemos un poco su sanidad mental. Hay personas que tienen una buena imaginación y serán excelentes proponiendo soluciones de problemas, hay otras que tienen gran capacidad de verificación y serán muy realistas en sus propuestas. Tratemos de elegir a personas que tengan las dos cualidades bien equilibradas; cuidémonos de los confabuladores.

@mwassermannl

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