Cómo funcionan los colegios

Cómo funcionan los colegios

Hemos oído que hay que olvidarse de la memoria, y eso, por supuesto, es un absurdo.

02 de noviembre 2018 , 12:17 a.m.

La serendipia no es un método que yo recomiende a mis estudiantes en sus lecturas. Pero confieso que a veces me paseo por estantes de biblioteca esperando un hallazgo inesperado. Recientemente encontré el libro Cómo funcionan los colegios, de Arne Duncan. Es una combinación de autobiografía y reflexiones sobre los colegios, de quien fuera el secretario de Educación (equivalente a ministro) de Barack Obama en sus dos periodos.

Arranca diciendo que lo que encontró en el sistema educativo eran “mentiras por todos lados”. Relata un trabajo de tutoría con un estudiante de un barrio deprimido de Chicago. Era un joven magnífico, lleno de aspiraciones para estudiar; sus calificaciones, B, es decir, promedio, le permitían soñar. Cuando Duncan le puso la primera tarea se dio cuenta de que en el colegio les habían mentido a él y al sistema. Su nivel no llegaba a primaria, no podía manejar un texto ni escribir un pequeño comentario en forma más o menos correcta. No podrá vivir de nuevo los años en que el maestro simulaba que enseñaba y el colegio pretendía tener un buen maestro.

Sus tareas más difíciles como secretario fueron las de despedir a algunos maestros y cerrar unos colegios que se demostraron irrecuperables. Logró que Obama se mantuviera firme exigiendo evaluaciones rigurosas a maestros y colegios. Los sindicatos apoyaron a Obama a pesar de que siempre se habían opuesto a esa evaluación.

La forma como Duncan empieza su historia me parece adecuada. Nos decimos mentiras. Una grande es sobre los costos. El gasto anual por estudiante de colegio público en Estados Unidos es de 12.000 dólares. Tendremos que encontrar la manera de hacer crecer nuestro presupuesto muy por encima de lo que pareciera factible. Eso de hacer más con menos es un mito.

No todo es dinero. También hay que cambiar muchas cosas en la forma de enseñar. Pero acá también nos decimos mentiras. Personas muy respetadas y queridas proponen revoluciones educativas, pero detrás de las declaraciones de titular (que parecen hechas para ‘espantar al burgués’) no hay mucho de sustancia, ni de nuevo.

Hemos oído que hay que olvidarse de la memoria, y eso, por supuesto, es un absurdo.

La memoria es parte fundamental de la inteligencia, y el pensamiento crítico es imposible sin ella. También nos han dicho que la mejor clase del colegio es el recreo, y eso tampoco es muy exacto. Nos hablan de países con modelos educativos revolucionarios como Finlandia, Singapur y últimamente Estonia. Cada uno hace las cosas en forma diferente, porque se pueden hacer las cosas bien o mal de muchas maneras. Pero olvidan decirnos que esos sistemas son declarados de excelencia por los resultados de sus estudiantes en las mismas pruebas internacionales que toman los nuestros y que miden solución de problemas de matemáticas, lectura crítica y comprensión de la ciencia.

Los maestros son la clave, sin duda. Tienen que ganar salarios dignos y deben contar con el respeto y el aprecio social que merecen. Pero su trabajo debe ser evaluado objetiva y rigurosamente con instrumentos externos al colegio. Un mal maestro, en 30 años de carrera, puede afectar el desarrollo de miles de talentos. El respeto al maestro y al estudiante deben estar alineados. Pero si se presentan contradicciones, la decisión debe ser la de proteger al estudiante.

Hay más mitos. A Duncan le tomó una vida dedicarse a unos pocos y un libro para relatarlos. Una columna apenas puede servir para pedir precaución con las verdades establecidas y las posiciones supuestamente correctas que se asumen para no molestar a nadie. Con los mitos hay que comportarse como hacen los adictos anónimos. Uno tiene que pararse, decir su nombre y luego reconocer que es adicto a una mentira.

MOISÉS WASSERMAN@mwassermannl

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