Uruk y el mayor invento

Uruk y el mayor invento

Los humanos somos injustos con la historia; es posible que muchos no hayan oído ese nombre.

03 de septiembre 2020 , 09:25 p. m.

Cuentan que un día, a principios de septiembre de 1822, Jean-François Champollion abrió la puerta del estudio de su hermano, gritó “lo tengo” y se desmayó. Quince días después presentó su descubrimiento, la traducción de los jeroglíficos, ante la Academia de Inscripciones de París. Había logrado leer lo que los egipcios pensaban hace 4.000 años.

En todas las encuestas que se hacen sobre el invento más importante de la humanidad sale ganadora la imprenta de Gutenberg de mediados del siglo XV. Yo, sin disminuir su importancia, pues democratizó la lectura, voto por un invento anterior, relacionado con ella y con Champollion, pero más antiguo aún. Me refiero al invento de la escritura.

Sucedió en Uruk, hace 5.500 años. Los humanos somos injustos con la historia; es posible que muchos no hayan oído ese nombre. Hoy es un sitio arqueológico en medio del desierto, a doscientos kilómetros de Bagdad. Entonces era la ciudad más grande de Mesopotamia, en la ribera oriental del Éufrates. Llegó a tener cincuenta mil habitantes, lo que equivaldría hoy a una ciudad de ocho millones si lo calculáramos en proporción al total de humanos en la Tierra. Fue antes de la Edad del Bronce, todavía en el Neolítico. Es decir, en los albores de la civilización.

Según las leyendas sumerias, la ciudad de Uruk fue construida por un rey mítico, Emmerkar, quien era hijo de un dios y una vaca (nada despectivo, era un animal sagrado y símbolo de maternidad). Estaba en una difícil negociación con un rey vecino y entró en furia con sus mensajeros porque no lograban memorizar sino mensajes muy breves y cometían errores. Así que tomó algo de arcilla y mágicamente creó unas tabletas sobre las cuales escribió mensajes que podía enviar al otro rey (lo milagroso fue que el otro los entendiera, sin haber cursado ni siquiera primero de primaria).

No fue eso lo que sucedió, pero la leyenda define el problema. El lenguaje oral tiene limitaciones. En tiempos en los que no había teléfono ni radio, su alcance geográfico era limitado. Se podía, como Emmerkar, mandar mensajeros, pero, como él mismo lo constató, los mensajes debían ser breves y estaban sujetos al error. Tampoco eran eficientes la acumulación de conocimientos ni su paso entre generaciones. El mensaje oral tiende a distorsionarse con el tiempo, se llena de errores, de adiciones y supresiones, como en el juego infantil del teléfono roto.

La gente se inventó medios para restringir esos cambios introduciendo rimas, ritmos y melodías. Por eso las grandes épicas se escribían en poesía y los juglares las cantaban. Pero no resultaba suficiente.

Lo que pasó en Uruk fue que el comercio se creció mucho por el tamaño de la ciudad. Los templos eran también depósitos de granos y de otros bienes, muchos importados. Los negocios que dependían de tratos orales eran frágiles, los testigos podían morir u olvidar. La contabilidad de los depósitos empezó a tener un tamaño que se escapaba de cualquier memoria. Así que los guardianes del templo empezaron a llevar su contabilidad en tabletas de arcilla. En un principio hacían dibujos de los bienes e inventaron signos numéricos para contarlos. Poco a poco, los dibujos se fueron estilizando y al fin se convirtieron en signos con equivalentes fonéticos. Nació la escritura.

Hace poco desarrollaron un sistema para guardar información basado en las características cuánticas de la materia y su interacción con la luz. Podremos meter todas nuestras bibliotecas en una memoria del tamaño de un grano de arroz. Por el momento, yo viajo (cuando viajaba) con un pequeño Kindle en el que tengo más de 250 libros; de a libro por gramo. Pero el gran invento, el mayor invento en la historia de la humanidad fue ese de los guardianes en los templos de Uruk.

Moisés Wasserman@mwassermannl

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