QAnon, la conspiración

QAnon, la conspiración

Un daño inmenso que hacen estas absurdas teorías es la forma como atentan contra la lógica y razón.

22 de octubre 2020 , 09:25 p. m.

En el reciente debate presidencial de Estados Unidos, el presidente Trump manifestó que no sabía qué era QAnon, aunque agradeció su apoyo. Es difícil no haber oído en Estados Unidos acerca del movimiento QAnon. Lo antecedió el pizzagate durante la campaña presidencial del 2016. Se corrió entonces la noticia de que Hillary Clinton y otros miembros del Partido Demócrata manejaban una red de explotación sexual de menores de edad, y que su cuartel quedaba en una pizzería en Washington. Edgard Welch irrumpió en ese local, armado con un rifle de asalto, para rescatar a los niños presos en el sótano. Afortunadamente miró antes de disparar (hay que agradecerle, no todos lo hubieran hecho) y se rindió ante la “sorprendente” evidencia de que en la pizzería solo había ingredientes para pizza.

La teoría conspiratoria se había regado con la fuerza y la insensatez características de esas teorías. Se podría pensar que la cosa terminaría con ese ‘oso mayúsculo’, pero no, esas teorías tienen un gran atractivo sobre algunas personas y se fortalecen más cuanto más insensatas son.

En octubre de 2017, en un foro marginal en las redes, apareció un personaje que firmó con una Q, sugiriendo que tenía el nivel Q, el más alto en acceso privilegiado a documentos secretos del Departamento de Energía. Le añadieron el Anon, por anónimo. Presentó la teoría de que existía un “Estado profundo”, compuesto por una élite de políticos (como Barack Obama y Hillary Clinton), funcionarios, banqueros (George Soros) y militares, que estaban armando una conspiración para derrocar al presidente. En un artículo publicado en Facebook daban detalles: en 16 años, sus acciones acabarían con Estados Unidos. Persistieron en la idea del tráfico sexual de menores (lo que les permitía mostrarse como defensores de los niños) y añadieron otros elementos conspiratorios, como la negación de la existencia del covid-19, la ‘noticia’ de que en las vacunas se incluirían chips que dominan la mente, y algunos otros argumentos provenientes del movimiento de supremacía blanca. No faltaron acusaciones de práctica de satanismo, de personas lagarto disfrazadas con piel humana y de ovnis apoyando a los illuminati.

Parece un chiste, pero no lo es. Los comunicados de QAnon han sido agresivos, llaman al uso de las armas y amenazan a los traidores del ‘Estado profundo’ con una ejecución sumaria. El FBI lo describió como una potencial amenaza terrorista, y la Academia Militar de Estados Unidos aseguró que representaba una amenaza a la seguridad pública. Una encuesta reciente mostró que el 56 % de los votantes republicanos piensan que tiene razón en algunas de sus afirmaciones. Varios políticos que ganaron las primarias para ser candidatos al Congreso en las próximas elecciones manifestaron su acuerdo con la teoría conspiratoria.

Como casi todas las teorías conspiratorias en la historia, esta es absurda. La capacidad para diseminar sus ideas se multiplica hoy por las redes sociales, aunque Facebook y Twitter decidieron recientemente limitar su difusión. Ya existen hasta grupos de apoyo psicológico para familiares de personas capturadas por el fanatismo de la secta. Hay analistas que la definen como una nueva religión en ciernes.

Un daño inmenso que hacen estas teorías es la forma como atentan contra la lógica y la razón como instrumentos para entender los fenómenos sociales y para tomar buenas decisiones. Soportan su ataque en una falacia lógica: la inversión en la carga de la prueba. Exigen a sus contradictores demostrar la inexistencia de la conspiración (lo que es un imposible) para convertir la ausencia de prueba de inexistencia en ‘prueba reina’ de existencia. La irracionalidad no es chistosa, es tremendamente peligrosa.

Moisés Wasserman@mwassermannl

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