Los Nobel y las ciencias básicas

Los Nobel y las ciencias básicas

La investigación dirigida a generar conocimiento paga con creces. No es un lujo para desocupados.

15 de octubre 2020 , 09:25 p. m.

Se entregaron los Nobel en ciencias como todos los años, y como siempre dejan lecciones. El de Física es un logro indudable de las ciencias básicas. Los agujeros negros que predijo Einstein en la teoría general de la relatividad se hicieron evidentes teóricamente y con observaciones, y hasta vimos una asombrosa foto, hace poco, en la prensa. Roger Penrose propuso tempranamente el primer teorema de las singularidades que explicaba cómo se formaba un agujero negro. Él es un personaje excepcional que ha incursionado en otros temas, como el de la conciencia, en el que desarrolló una teoría de la mente. Ha sido un gran popularizador científico con libros como La nueva mente del emperador, Las sombras de la mente y El camino de la realidad. Reinhard Genzel y Andrea Ghenz lograron verlos; Ghenz describió uno en el centro de la Vía Láctea. Ver un agujero negro no es como asomarse a la ventana, requiere años de observaciones, mediciones y un trabajo teórico de muy alta complejidad.

Los otros dos, el de medicina y el de química fueron presentados por la prensa con un énfasis muy grande en su utilidad. La tienen, sin duda, pero constituyen formidables logros del conocimiento básico. Solo reconociendo ese hecho se entienden de verdad.

Harvey J. Alter, Michael Houghton y Charles M. Rice recibieron el Nobel por el descubrimiento del virus de la hepatitis C y por su control. La historia es compleja. El virus de la hepatitis B había sido descubierto en 1960 (otro Nobel), el de la hepatitis A se conocía por el mismo tiempo, pero sucedía algo extraño: se presentaba una hepatitis diferente en personas que habían recibido transfusiones o trasplantes. El agente era misterioso, no podían identificarlo, aislarlo, ni cultivarlo. Llamaron a la enfermedad “hepatitis no A no B” y postularon un virus no identificado como su causa. Se creyó mucho tiempo que era defectuoso y que necesitaba la ayuda de otro para infectar. Ante la imposibilidad de aislarlo tuvieron que diseñar una estrategia para copiar su material genético a partir de sangre de primates infectados y aislar la copia, ya que el original no se dejaba atrapar. Con esas copias pudieron describir las proteínas que producía, deducir cómo se multiplicaba y simular infecciones en las que ensayaron medicamentos. Al fin se controló la transmisión por transfusiones y trasplantes y se pudo curar la enfermedad. Nada de eso hubiera sido posible sin la investigación básica descrita.

El Nobel de Química lo recibieron Emmanuelle Charpentier y Jennifer Doudna por el sistema de edición genética conocido como CRISPR-Cas9. No fue sorpresa. A principios del 2016 publiqué acá mismo una columna sobre los logros científicos más relevantes del año anterior, y ese aparecía en primer lugar. Será posible corregir defectos genéticos (cuando se resuelvan problemas éticos), pero creo que el impacto mayor estará en la agricultura, con mejores plantas diseñadas a la medida. Su publicitada descripción como “tijeras moleculares” no debe ocultar la investigación detectivesca que las nobel (y otros científicos no premiados) llevaron a cabo, sobre el extraño sistema que permitía a unas bacterias destruir con gran precisión los virus que las atacaban. Ese conocimiento básico les permitió diseñar un sistema que puede corregir, o cambiar, con una precisión exquisita unas pocas letras entre los miles de millones que tiene el ADN de una célula.

La investigación dirigida a generar conocimiento paga con creces. No es un lujo para desocupados; no hay soluciones milagrosas sin conocer a fondo los problemas. En tecnología y en innovación no existen los ‘almuerzos gratis’; esos se pagan con ciencia. Pago que produce además un inmenso placer a quienes incurren en él.

Moisés Wasserman@mwassermannl

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