El camino largo y difícil

El camino largo y difícil

Las tan esperadas vacunas requieren tiempo. Deben probarse con un número suficiente de personas.

13 de agosto 2020 , 09:25 p. m.

La prensa, las redes y el cotilleo están llenos de prometedoras curas para el covid-19. La gente se pregunta por qué los gobiernos y las organizaciones internacionales son tan reticentes para aprobar su uso y les exigen a todas emprender el camino largo y difícil del estudio científico, avalado por comités de ética y por organismos como el Invima acá, o el FDA en Estados Unidos. Si nada sirve, ¿por qué no usar algo que de pronto sirva?

Hay razones. Una es que no existen intervenciones inofensivas. Todo remedio, artificial o natural (a veces más los naturales), tiene efectos colaterales, y uno debería estar seguro de que no son peores que la enfermedad. Una segunda razón es que la creencia en un tratamiento genera una falsa seguridad que puede derivar en que se desechen medidas que sí son útiles. Pero la razón más fuerte detrás de los estudios científicos tiene que ver con el objeto mismo de la ciencia, que es el de distinguir lo que es real de lo que es aparente. El gran físico Richard Feynman decía que la persona a quien uno engaña más fácilmente es a uno mismo. El objeto de la investigación científica es el de no engañarnos con apariencias o pensando con el deseo.

Una de las primeras promesas que surgió fue la hidrocloroquina, un tratamiento para la malaria. La OMS responsablemente aprobó estudios preliminares, y cuando dieron resultados negativos la descartó, también responsablemente. Los presidentes Trump y Bolsonaro siguen promoviéndola. Bolsonaro dice que se curó tomándola (otros cientos de millones se curaron sin tomarla).

En Colombia, además de la hidrocloroquina, se ha propuesto el uso de ivermectina, de interferón, de dióxido de cloro (decol), de vapor con esencias y más. Algunos de ellos son abiertamente peligrosos, otros están siendo sometidos a pruebas usando diseños estadísticos que sirven para que no nos engañemos. Esas, como las de las vacunas, tan esperadas, requieren tiempo. Tienen que probarse con un número suficiente de personas para que los casos excepcionales y las anécdotas no deformen el resultado. Hay que hacerlas con voluntarios informados, e informarlos no consiste en echarles un cuento, sino en explicarles con precisión las hipótesis de trabajo y los posibles efectos positivos o negativos que deben esperar.

Tras algunas de las propuestas milagrosas hay engaños, a veces ingenuos, a veces no tanto. La semana pasada, por ejemplo, fue tendencia en las redes un video de una doctora Stella Immanuel, graduada en Nigeria y pediatra en Texas, quien aseguraba haber curado a 350 pacientes con hidrocloroquina, en forma rápida y sin efectos contrarios. Convocaba a desechar las precauciones porque “la cura existe y es infalible”.

La credibilidad de la doctora se vio negativamente afectada porque fue desmentida por el hospital en el que dijo haber tratado a sus pacientes, y también porque se hicieron públicas declaraciones suyas de que las enfermedades de transmisión sexual tienen origen en relaciones con demonios, que los illuminati planean destruir el mundo con abortos y que las transnacionales usan ADN de extraterrestres para fabricar sus fármacos.

No todos los argumentos son tan locos, pero hasta ahora se han basado en artículos poco rigurosos, algunos ya retractados, otros con fallas estadísticas protuberantes. Al principio de la pandemia, el alcalde de Cali recomendó el interferón, y en Cauca y Nariño ya hay médicos que lo aplican. Recientemente recomendó la ivermectina, y hoy no se consigue ni en droguerías, ni en tiendas veterinarias.

Hay que mantener un equilibrio responsable e inteligente. Sin convertir la precaución en una traba burocrática, recordemos la sabiduría popular, que dice que a veces se llega más rápido recorriendo el camino largo.

Moisés Wasserman@mwassermannl

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