Las vacunas Pfizer y Moderna

Las vacunas Pfizer y Moderna

Serán las primeras de ARN sintético. El paciente se convertiría en su propia fábrica de vacuna.

19 de noviembre 2020 , 09:25 p. m.

Parece que ya hay dos vacunas contra el covid-19, seguras y protectoras: la candidata de la empresa americana Pfizer asociada a la alemana BioNTech y la de la americana Moderna. Apenas son anuncios de prensa, quisiéramos ver pronto los informes científicos, pero, aun así, la noticia es excelente.

El experimento de fase III de la de Pfizer se llevó a cabo con 43.538 participantes. Fue un estudio doble ciego: la mitad recibió la vacuna y los otros, un placebo; nadie sabe quién recibió qué. La codificación al azar se mantuvo en secreto y se abrió cuando entre los participantes se dieron 94 casos confirmados de covid-19. El 90 por ciento de ellos se dieron entre quienes recibieron el placebo. Algo parecido, pero con un grupo menor (33.000), sucedió con la de Moderna. Calculan los primeros que distribuirán cincuenta millones de dosis y los segundos, veinte millones todavía este año y, en conjunto, dos mil trescientos millones en 2021.

Hay otras en proceso que van a aumentar la cobertura. De hecho, Rusia y China ya están aplicando las suyas con ensayos de fase III más limitados y aún no publicados. En total, 46 vacunas están en pruebas clínicas, seis de ellas en fase III. La tecnología en todos los casos es de una sofisticación extraordinaria, posible por el conocimiento acumulado en biología y genética molecular. Lo que la gente a veces no percibe es que a medida que aumentan en sofisticación tienen menos contaminantes irrelevantes y, por tanto, son más seguras. Una vacuna tradicional, con virus inactivado, contiene cientos de moléculas distintas, mientras que estas vacunas producen apenas un pedacito, el más relevante, de una. La incertidumbre es mucho menor.

Serán las primeras vacunas de ARN sintético. Contienen el mensaje genético para que las células del humano produzcan parte de la proteína de la superficie del virus, la responsable por el inicio de la infección. El paciente se convierte así en su propia fábrica de vacuna.

Otras, como las de Johnson y Johnson y la de Oxford-AstraZeneca, se basan (por lo que se sabe) en unos adenovirus relativamente inofensivos y que, además, han sido modificados para que no se multipliquen. Esos virus contienen en su ADN el código de la proteína de superficie del coronavirus. El ADN será transcrito a ARN en la célula y luego ‘traducido’ a proteína. Hay otras candidatas con ADN desnudo, que entra más difícilmente a las células. Para ellas se están desarrollando sistemas que con la inyección dan un pequeño choque eléctrico que despolariza las células y aumenta su entrada.

Cada acercamiento tecnológico tiene ventajas y desventajas. Los adenovirus infectan naturalmente, pero abren también más posibilidades de efectos inesperados. No necesitan transportadores especiales y ya han sido probados en otras vacunas. El ARN es una molécula muy inestable y necesita un vehículo para entrar más eficientemente; el de Pfizer va encapsulado en pequeñas vesículas de lípidos que son captadas por las células. Tanto las vesículas como el ARN requieren una temperatura de 70 grados bajo cero para mantener su estructura. Habrá necesidad de congeladores sofisticados en los depósitos, y el transporte a lugares apartados se deberá resolver con neveras de plástico que usen hielo seco como refrigerante. La de Moderna desarrolló otro sistema de estabilización. Estos ARN mensajeros tendrán la ventaja de que se podrán modificar a medida que el virus mute, sin desarrollos ni excesivas pruebas de seguridad adicionales.

Suena sofisticado, y lo es. Qué maravilla que hayamos llegado a esto. Si me preguntan si estaría dispuesto a que me aplicaran una de esas vacunas tan ‘raras’, diría que me den solo 15 minutos para llegar corriendo al lugar donde las aplican. No lo dudaría ni un instante.

Moisés Wasserman@mwassermannl

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