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Vacunas de antes y de ahora

Vacunas de antes y de ahora

Las viejas vacunas cumplieron con excelencia. Las de hoy lo harán en forma más segura y rápida.

04 de febrero 2021 , 09:25 p. m.

Es desconcertante el temor a las vacunas. Circulan historias que parecen sacadas de libros de ciencia ficción, combinadas con teorías conspirativas delirantes. Las vacunas viejas fueron una bendición; las de hoy, aún más por lo eficaces y seguras.

Hay que conocer un poco cómo eran las de antes para apreciar el avance. La primera fue desarrollada por Edward Jenner en 1796, contra la viruela. Usó un virus parecido a ella que infectaba las vacas (sin tener idea de que los virus existían). Ya en China y otros lugares se había observado que quienes ordeñaban se enfermaban menos de la gravísima viruela. Jenner inoculó a un niño con el material de una ampolla en la mano de una granjera. El niño no se enfermó cuando se puso en contacto con la verdadera enfermedad.

La vacuna fue traída a América por el médico español Francisco Javier Balmis en una expedición marina que parece un cuento de terror. Hoy nos preocupa el transporte refrigerado de las vacunas para que no pierdan actividad; Balmis ‘resolvió el problema’ con 22 niños huérfanos. Inoculó a dos con la vacuna y cada siete días raspaba las ampollas en sus brazos para vacunar a otros dos. Así, en una cadena humana, llegó a Puerto Rico.

En Colombia la produjimos. A unas vacas se les generaban escoriaciones en el lomo, y en ellas se inoculaba la vacuna. Las ampollas que se les desarrollaban se procesaban para ser distribuidas y aplicadas a la gente. Con esa vacuna erradicamos una de las peores pestes que ha sufrido la humanidad.

Cuando era muy pequeño me mordió un perro anónimo y me vacunaron contra la rabia en el laboratorio Samper Martínez (más tarde, ya convertido en INS, tuve el honor de trabajar en él y dirigirlo). Fueron 14 inyecciones intraperitoneales. Esa vacuna también la produjimos nosotros. Se inoculaba el virus en cerebros de ratones lactantes que después se maceraban e inactivaban químicamente. Con ella, la rabia se redujo a un nivel de accidentes muy infrecuentes. Esas vacunas viejas sí tenían efectos colaterales serios y no del todo raros. No se dudó de ellas (por suerte).

Las vacunas hoy son muy diferentes en su preparación, validación de efectividad, garantías de calidad y normas éticas para su desarrollo. Las de ayer eran organismos completos, atenuados o inactivados. Junto con la molécula relevante para generar inmunidad se inyectaba todo el resto del organismo, cientos o miles de moléculas irrelevantes que podían hacer otras cosas. Hoy hay quienes le temen a un fragmento pequeño y bien definido de ARN, aquellas tenían ARN, ADN, proteínas, carbohidratos, lípidos y más.

La virtud que se busca, y se ha logrado en las vacunas de hoy, es que le presenten al sistema inmune un solo objetivo, el más relevante e importante, aquel que garantice la suspensión de la infección con el mínimo de interferencias. En el caso de las vacunas para covid-19, las dos primeras que se aprobaron (con eficacia reportada del 95 %) son moléculas de ARN. Un mensaje que entra al citoplasma de nuestras células (no al núcleo, como algunos temen), donde sintetizan la verdadera vacuna, que es la proteína del virus que promueve la infección. Otras, en vías de aprobación, usan tecnologías diferentes, pero todas mantienen el principio de exponerle al sistema inmune un blanco único, puro, limpio y relevante.

El contraste entre ayer y hoy en la producción de vacunas debería tranquilizar. El avance de la ciencia ha hecho posibles productos que hace pocos años eran impensables (sería justo reconocer también el progreso de los sistemas y empresas de producción). Las viejas vacunas cumplieron con excelencia. Las de hoy lo harán en forma más segura y rápida. Las de mañana serán un pequeño parche, para aplicar en el brazo, y lo recibiremos por correo.

Moisés Wasserman@mwassermannl

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