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¿Tan mal estamos?

¿Tan mal estamos?

Es necesario un giro responsable, porque nos acercamos al límite de la viabilidad como nación.

24 de junio 2021 , 09:25 p. m.

Si un marciano leyera la última encuesta Pulso País de Datexco, tendría que llegar a la conclusión de que somos una sociedad en disolución. A uno, que no vive en Marte (al menos no todo el tiempo), lo deja sin respiración. Parece que el público encuestado no encuentra ni un solo motivo de esperanza, no ve nadie en quien pueda confiar.

La opinión sobre personajes presidenciables es muy mala. Apenas un par empata la favorabilidad con la desfavorabilidad, pero prácticamente todos son abrumadoramente mal vistos. No sabe uno cómo se va a escoger en 2022 un presidente entre ellos. El 84 por ciento opina que el país va muy mal; el 72 por ciento, que la economía está mal. La imagen de Presidente, ministros y alcaldes (en su mayoría) está por el suelo. A la oposición también le va muy mal. La percepción sobre el acuerdo de paz se volvió negativa, y se niega cualquier posibilidad de acuerdo con el Eln.

Indudablemente hay razones objetivas para ese malestar, no debo repetirlas acá. Pero no lo explican todo. Hay condicionantes psicológicos que no son menos importantes. El comité del paro decidió levantarlo y llevar proyectos de ley al Congreso. Pero eso no terminó la violencia y en muchos lugares, por el contrario, la exacerbó. Entrevistas con participantes de la llamada primera línea muestran que entre ellos y el comité no hay más comunicación que la que tienen con el Gobierno, e incluso menos que la que han establecido con autoridades locales. Muestran una enorme indignación contra todo, los más perjudicados han sido sus propios vecinos de barrio.

Parece que sienten que no hay salida. Sus exigencias son de un nivel de generalidad muy alto, pocos en el país no estarían de acuerdo con ellas: trabajo digno y bien pago, oportunidades de estudio igualitarias, buenos servicios para todos. Pero no está claro el cómo. Ese, supondría uno, vendrá en los proyectos de ley prometidos por el comité. Pero sabemos bien que un qué no sirve para nada si en el cómo no hay cálculos realistas de recursos y tiempos. Hoy creo que se pueden hacer buenas proyecciones basadas en las ciencias económicas y políticas. Los lemas solo sirven para postergar la insatisfacción hasta la próxima vez.

Quienes lideran grupos políticos, y los influenciadores del mundo de la farándula, con millones de seguidores, y de la academia y la prensa, con muchos menos, participan en la responsabilidad por un ambiente cargado de odio e intolerancia. El espectáculo tenebroso que vimos hace unos días de hinchas de Millonarios peleando a machete limpio en las calles de Bogotá (nadie lleva un machete al estadio solo por si acaso) muestra que la furia es un fenómeno psicológico presente que va más allá de la política y el reclamo social.

La difusión de noticias falsas, y la interpretación mentirosa de otras, surge, a veces, de personas de enorme influencia y responsabilidad y se riega como pólvora, sin marcha atrás. Nadie se retracta; y si se retractara, no lo oirían. El secreto de éxito de las fake news no es que estén ingeniosamente construidas, sino que la gente quiere creerlas. Se les ha generado, a veces sin intención y otras veces con unas muy malas, una adicción.

Es necesario un giro responsable, porque nos acercamos al límite de la viabilidad como nación. Nadie pretende que todos estemos de acuerdo; eso no es posible ni deseable, pero sí es indispensable que estemos de acuerdo en las reglas para manejar el desacuerdo. No podremos llegar fácil ni pronto a ese qué ideal que pide la primera línea, pero podemos sentarnos a discutir el cómo y el cuándo. Añoro esa sociedad sana en la que la gente se arremangaba y preguntaba dónde había que empujar. Es muy triste hoy el espectáculo de todo el mundo exigiendo que empuje el otro. Así no saldremos adelante.

Moisés Wasserman@mwassermannl

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