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Identidad e igualdad

Identidad e igualdad

La lucha por la igualdad se ha convertido, en algunos ámbitos, en una confrontación de identidades.

18 de marzo 2021 , 09:25 p. m.

En la marcha del 8M hubo incidentes. Lástima, pero no fueron tantos como para opacar la importancia de lo que se reclamaba y se recordaba ese día. Muy pocos dudan de que si ha habido un fenómeno social que ha transformado radicalmente a la humanidad es el feminismo. Sin embargo, un hecho llamó mi atención: la expulsión del camarógrafo de un noticiero por ser hombre. Algo parecido pasó en Montevideo y también en México. Es que la lucha por la igualdad se ha convertido, en algunos ámbitos intelectuales y académicos, en una confrontación de identidades.

El principio que siempre quisimos promover es que todos somos iguales. Sin embargo, la palabra ‘todos’ ha estado sometida a debate. Florence Thomas (con quien estoy de acuerdo en la mayoría de lo que dice, no en esto) argumentaba hace poco en estas páginas que el lenguaje inclusivo, el uso de “todos y todas”, se hace necesario porque “lo que no se nombra no existe”. Ese argumento, de ser aceptado, nos pondría en problemas, porque hay muchas identidades que no caben en el sistema binario de “ellas y ellos”, y estaríamos desconociendo su existencia. Hay quienes abogan por el uso de “todes” para sentirse nombrados, pero eso tampoco es suficiente, y a la larga no sería más que un cambio de convención. Los listados, y en este caso los de identidades de género, difícilmente son exhaustivos, inevitablemente termina alguien excluido.

La defensa de derechos basada en las cualidades específicas de un grupo ha llevado a asumir al otro como malo y enemigo por naturaleza. Así hay feministas que ven a ese que llaman ‘tipo’ o man como machista y depredador sin remedio, y algunos antirracistas han afirmado que es imposible ser blanco sin ser racista.

Los humanos tenemos cientos de identidades diferentes. Hay movimientos radicales negro-feministas que atacan al feminismo mayoritario por su blancura (whiteness), y también (los hemos visto en las redes) grupos feministas que niegan la identidad femenina de las mujeres trans.

En esta tendencia han surgido otras identidades inesperadas. Una ha sido la de las personas gordas. La Naafa (Asociación nacional para la aceptación de la gente gorda, en Estados Unidos) declaraba recientemente que las campañas para controlar la obesidad, tras aparentes motivos de salud, no son más que constructos sociales derivados del odio sistemático hacia los gordos, odio que, según afirman, es inherente a la naturaleza de los delgados.

Surgió también la preocupación por la llamada ‘interseccionalidad’, puesto que la mayoría tenemos varias identidades simultáneamente. Así, una persona trans, homosexual y gorda tendría como enemigas a todas las personas cis, o hetero, o delgadas. Esto no es una caricatura; quien sigue las discusiones sobre derechos, en sectores de la intelectualidad norteamericana y europea, sabe que el asunto es serio y se expande.

Con esto no niego la existencia de identidades ni la legitimidad de sus reclamos. Pero es una equivocación garrafal basar esas luchas por la igualdad en lo que los hace diferentes, y no en lo que tienen de común. Esa argumentación es incoherente lógicamente y termina autorrefutándose.

La solución, aunque parezca ingenua, es aceptar que la palabra ‘todos’ nos incluye realmente a todos, y que ese significado debe ser defendido no como mera afirmación retórica o convención lingüística, sino como un principio fundamental de convivencia. No importa que las diferencias sean biológicas o culturales si reafirmamos que los derechos y la dignidad individual tienen como requisito único y suficiente haber nacido, y ser parte de la especie. El primer artículo de la Declaración Universal de Derechos Humanos, conseguido después de milenios de discriminaciones, recoge textualmente ese principio.

Moisés Wasserman@mwassermannl

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