Maestros acá y en Singapur

Maestros acá y en Singapur

No imagino un tema más importante para la sociedad que la calidad de sus maestros.

24 de septiembre 2020 , 09:25 p. m.

Salieron los resultados de los exámenes Saber Pro (exámenes de Estado para profesionales), y los peor calificados fueron los educadores. La total indiferencia con la que fue recibida esa noticia es aún más preocupante que ella misma. La misión de sabios, el año pasado, planteó entre sus recomendaciones la necesidad de “reestructurar el sistema de formación de maestros”. En la mesa de educación de la Conversación Nacional, que se desarrolló después de las protestas de noviembre, el primer reto que se abordó, por decisión de la mayoría, fue la “construcción de una política pública de formación de maestros”. 

El tema preocupa a los expertos, pero no solo a ellos. La calidad de la educación impacta a la sociedad en todas sus actividades. Tenemos maestros excelentes que merecen todo el aprecio. Pero en el sistema público son unos 350.000, y no es posible que nada tengan que ver con que los resultados de nuestros estudiantes no mejoren, ni en las pruebas Saber nacionales ni en las Pisa internacionales.

Datos desconcertantes nos muestran que el 90 por ciento de los maestros oficiales pasan muy bien su evaluación anual, mientras que el 75 por ciento de sus estudiantes obtienen resultados deficientes. Esa contradicción lógica solo puede explicarse porque la evaluación de los maestros se ha vuelto una formalidad, divorciada del objetivo último que es el aprendizaje de los estudiantes.

Hay algunos países que han tenido éxito en la conformación de un cuerpo docente de excelencia, y que logran magníficos resultados en las pruebas internacionales. Vale la pena echarles una mirada. Uno de ellos es Singapur. La última reforma de su sistema educativo se hizo bajo el lema ‘Escuelas que piensan, país que aprende; todos preparándose para enfrentar los retos del siglo XXI’. La reforma educativa empezó por la de formación de maestros. Les ofrecieron becas completas y salario. En las pruebas de ingreso se escogió solo a uno de cada 10 candidatos, por sus calificaciones escolares, pero también por su perseverancia, habilidad comunicativa, compromiso y entusiasmo.

Los futuros maestros podían escoger una de tres rutas de formación: enseñanza general, enseñanza especializada y liderazgo institucional. La preparación fue flexible según la inclinación de cada cual, pero les exigía a todos profundizar, independientemente de sus gustos, en lenguaje, matemáticas, ciencias naturales y estudios sociales. Los maestros de educación media debían, además, profundizar en dos temas disciplinares de su escogencia.

Abordaban muchas de las teorías de educación, clásicas y modernas, pero con un espíritu pragmático. No se ‘matriculaban’ con una teoría pedagógica específica, sino que tras un análisis escogían la que mejor respondía al problema, o una mezcla heterodoxa de varias. Desde muy temprano en sus estudios, los futuros maestros se exponían al salón de clases acompañados de tutores y de otros maestros más experimentados. En esas experiencias, que formaban una parte muy importante de su programa académico, experimentaban con nuevas estrategias y tecnologías educativas, innovando en la acción. Hoy, sus estudiantes, al menos por lo que dicen las pruebas Pisa, están excelentemente preparados para enfrentar estudios superiores y una vida profesional y laboral.

No imagino un tema más importante para la sociedad que la calidad de sus maestros y, en consecuencia, la de la educación de sus niños. Los jóvenes mejor calificados de undécimo grado raramente escogen la carrera de educadores y, como vimos, quienes se gradúan salen peor calificados que los de otras profesiones. Es un problema sobre el cual debe estar pensando toda la sociedad; no puede limitarse a una negociación cerrada entre sindicatos y Gobierno. La educación, en verdad, es de todos.

Moisés Wasserman@mwassermannl

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