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Ministerio de Ciencia

Ministerio de Ciencia

En muchos países este ministerio ha demostrado que puede ser el grande promotor del desarrollo.

17 de junio 2021 , 09:25 p. m.

Regresé al país a finales de 1979, después de doctorado y posdoctorado. Colciencias existía hacía diez años. Era una mezcla de instituto y fondo adscrita al Ministerio de Educación Nacional. Con mucha ingenuidad pedí cita directamente con el director, Efraím Otero. Me recibió, y tuvimos una larga conversación sobre el futuro de la ciencia en Colombia. Me regaló un libro recién editado sobre los estudios del caimán llanero por el profesor Federico Medem y me dio recomendaciones sobre cómo enfrentar mi carrera en el país. Sus palabras fueron alentadoras; sus consejos, muy útiles, seguimos siendo amigos hasta su muerte hace unos pocos años. Era un Colciencias pequeño, al que le importaba mucho cada investigador.

Fue creciendo con problemas, uno era su adscripción al Ministerio de Educación, que apuntaba a una ciencia estrechamente académica cuando sentíamos que debía ser transversal. Además, era invisible. La prueba reina de su invisibilidad fue el olvido de nombrarle director durante todo un gobierno. Pedro Amaya estuvo encargado por más de un año hasta que, basado en alguna norma, asumió que ya podía considerarse director en propiedad.

La comunidad científica mientras tanto se movilizó para tratar de lograr una ley que hiciera relevante, transversal y menos olvidada la actividad científica. La Ley 29 de 1990 convirtió a Colciencias en un instituto y lo adscribió al Departamento Nacional de Planeación. Se esperaba que así tuviera una presencia en múltiples sectores sociales y una relevancia mayor. Funcionó bien a veces y otras veces, no. La ciencia resulta poco visible cuando tiene que competir con proyectos urgentes y de impacto palpable en el mundo de los votos.

Otra vez se promovió una ley: la 1286 de 2009. Se propuso la creación de un ministerio para que la ciencia estuviera presente en los ámbitos de decisión de más alto nivel (los congresistas que la impulsaron fueron Jaime Restrepo, ex-rector de la Universidad de Antioquia, y Marta Lucía Ramírez). El Gobierno no quería “crear burocracia” y en vez de ministerio propuso un Departamento Administrativo adscrito a la Presidencia, a costo cero. Su director sería invitado al consejo de ministros cuando los temas tuvieran que ver con ciencia, y pensamos que eso sería en casi todo. El primer director fue invitado efectivamente, pero luego todo cambió. En su carta de renuncia a la dirección, Jaime Restrepo decía que no le pasaban al teléfono. Después hubo una sucesión de seis ministros que duraron menos de un año en el cargo. El presidente, en un lapsus, dijo que Colciencias estaba adscrito al MEN (casi 30 años de atraso).

Hace poco, en el 2019, se logró, con impulso del senador Iván Darío Agudelo, la conformación del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación. En una primera fase se decidió que fuera la transformación de Colciencias, también a costo cero.

En muchos países del mundo, los ministerios de Ciencia han demostrado que pueden ser los grandes promotores del desarrollo basado en conocimiento e innovación. Nosotros llegamos a esa solución después de varios ensayos, pero no arrancamos. El ministro ejerce un cargo político, pero las consideraciones para que sea exitoso son complejas y variadas; entre ellas, conocimiento, actitud y ética. No basta con que represente a un grupo, un partido o una región.

Ojalá no se pierda esta oportunidad y no tengamos que acudir a remiendos. De todo lo que nos ha pasado en esta historia relatada a vuelo de pájaro, yo sacaría algunas enseñanzas, me arriesgo acá con dos. Una es que no podemos darnos el lujo de seguir con reformas a costo cero; resultan demasiado costosas. La otra es que las personas no se vuelven importantes por el hecho de ser nombradas, sino que deben ser nombradas por ser importantes.

Moisés Wasserman@mwassermannl

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