¿Usted en quién confía?

¿Usted en quién confía?

Los antídotos más poderosos a la desconfianza son ciudadanos activados y bien informados.

24 de febrero 2019 , 12:02 a.m.

Una de las características de estos tiempos es la falta de confianza. Según las encuestas, la gente no confía en el gobierno, en los políticos, los periodistas, los científicos o, mucho menos, en banqueros y empresarios. Ni siquiera el Vaticano se salva de esta pérdida de confianza. En Estados Unidos, la confianza de los ciudadanos en el gobierno está hoy en su punto más bajo. Hoy, el 82 % de los estadounidenses no confían en que su gobierno haga lo correcto. Es una tendencia mundial: la desconfianza y el escepticismo son la norma.

Pero en esto hay una gran paradoja: al mismo tiempo que nuestra confianza en el gobierno es mínima, nuestra credulidad frente a ciertos mensajes que nos llegan por internet es máxima. Es la paradoja de la confianza. No creemos en el gobierno ni en los expertos, pero sí en mensajes anónimos que llegan por Facebook, Twitter o WhatsApp.

¿Quién no ha reenviado a familiares y amigos mensajes electrónicos con información que luego descubrimos que es falsa? Basta que el mensaje refuerce nuestros ideales y creencias para que ignoremos la barrera de escepticismo con la que nos protegemos de las mentiras y manipulaciones tan comunes en internet.

Hay una conexión entre la declinación de la confianza y la fe ciega en los mensajes de internet que confirman nuestros prejuicios. En el caso de los gobiernos, es muy deseable que estén sometidos al escrutinio y la crítica, y hay que celebrar el hecho de que internet facilite el que esto ocurra. Pero se debe tener cuidado con que la crítica al gobierno basada en falsedades debilite la democracia, polarice la sociedad y nutra la antipolítica, ese sentimiento de que nada de lo que hay sirve y que, por lo tanto, vale la pena hacer experimentos políticos extremos –como darles el poder a demagogos y populistas, por ejemplo–.

Un revelador ejemplo de la paradoja de la confianza es el movimiento en contra de las vacunas. Sus seguidores mantienen que las vacunas contra el sarampión, las paperas y la rubeola son peligrosas y pueden estar asociadas con el autismo, razón por la cual se niegan a vacunar a sus hijos.

No obstante, la evidencia científica al respecto es abrumadora: no hay vínculo alguno entre las vacunas y el autismo. Y no vacunar a los niños es peligroso para ellos, y para los niños y adultos con quienes interactúan. Los resultados de las investigaciones científicas no hacen mella en las creencias de quienes están convencidos de que las vacunas son nocivas. Además, los antivacunas cuentan con aliados formidables. Tanto Donald Trump como el actual gobierno italiano han cuestionado la necesidad de vacunar a los niños.

La ridiculización y, a veces, la demonización de los expertos forman parte del guion de los populistas. Estos cuestionamientos del conocimiento científico suelen contar también con el apoyo de los ‘científicos escépticos’ que siempre aparecen en estas controversias. Son los científicos que durante décadas sembraron dudas acerca del vínculo que hay entre el tabaco y el cáncer o los que dudan de que el calentamiento global y el resultante cambio climático sean una realidad. O los ‘expertos’ que cuestionan la teoría de la evolución. O los que creen que las vacunas producen autismo. Los escépticos casi siempre son una pequeña minoría que se regodea cuestionando el ‘pensamiento único’ que comparten la gran mayoría de los científicos. Inevitablemente, entre los escépticos también hay farsantes que son simplemente empleados de los intereses que se benefician de sembrar dudas.

La paradoja de la confianza existe en todos los ámbitos, pero en ninguno tiene tantas consecuencias como en la política. Está claro, por ejemplo, que una estrategia del Gobierno ruso es invadir otros países no con tanques y aviones, sino con seductoras mentiras que siembran dudas, confusión y desmoralización en la sociedad.

¿Qué hacer? Seguramente aparecerán tecnologías que facilitarán la detección de estos venenos digitales, así como leyes y normas que reduzcan la impunidad de los agresores cibernéticos y de las empresas que les dan las plataformas desde donde lanzan sus ataques. Pero el antídoto más poderoso son ciudadanos activados y bien informados que no se dejan enceguecer por las pasiones políticas.

MOISÉS NAÍM

Sal de la rutina

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