Dos paradojas

Dos paradojas

Los lavadores de dinero que esconden su dinero en estas instituciones no pueden dormir tranquilos. 

27 de mayo 2018 , 02:33 a.m.

Es normal que en épocas de grandes cambios aumenten las contradicciones, confusiones y perplejidades. Entre las muchas paradojas de estos tiempos hay dos que me han llamado la atención.

1) ¿Por qué, en estos tiempos, los dictadores parecen estar enamorados de la democracia? En su último informe anual, Freedom House concluye: “En el 2017 la democracia en el mundo sufrió su más seria crisis. Principios fundamentales como elecciones libres y justas, la libertad de prensa y el imperio de la ley estuvieron bajo ataque; 71 países sufrieron una declinación en los derechos políticos y libertades civiles de sus ciudadanos y solo 35 mostraron progresos en este campo.

La paradoja es que entre los dictadores la democracia –o, más precisamente, las elecciones para elegir al presidente– son muy comunes. Y no les importa que se sepa que son fraudulentas. A mediados de marzo hubo elecciones presidenciales en Rusia y Egipto; en mayo, en Venezuela. Vladimir Putin ganó con 75 % de los votos; Abdel Fatah al Sisi, con 97 %; Nicolás Maduro, con 68 %. Ciertamente un buen desempeño, pero nada como el de Sadam Hussein, quien en 2002 logró 100 % de los votos en Irak. ¿Por qué se molestan en montar estas pantomimas? ¿Por qué no se declaran presidentes de por vida y ejercen su dictadura sin hacer el ridículo disfrazándose de demócratas? La respuesta es que la democracia les da lo que la represión no puede darles: legitimidad. Los dictadores saben que es riesgoso depender solo de las armas, las torturas y las dádivas para perpetuarse en el poder. Las elecciones, aunque trucadas, les permiten presentarse ante su pueblo y el resto del mundo con un maquillaje democrático que, ellos suponen, esconde la sangre de quienes por no pensar como ellos son torturados en sus cárceles y asesinados en las calles.

2) ¿Por qué los ‘hackers’ y soplones espontáneos han tenido más éxito en la lucha contra el lavado de dinero que los gobiernos?

Después de los ataques del 11 de septiembre de 2001, los gobiernos decidieron que “seguir el dinero” era una de las mejores estrategias para identificar y neutralizar las redes terroristas. Así, muchos países adoptaron leyes y reglamentos más restrictivos con el fin de hacer más difícil esconder la identidad de los dueños de los fondos o los movimientos de su dinero. El resultado fue que si bien los gobiernos tuvieron algún éxito en hacer el sistema más transparente, sus esfuerzos se vieron obstaculizados por las dificultades que normalmente tienen los Estados para coordinarse y por las acciones de los abogados y expertos en contabilidad, finanzas y computación contratados para proteger a sus acaudalados clientes.

Hasta que aparecieron los soplones y los hackers.

John Doe es el seudónimo de alguien que hizo públicos 11 millones de archivos de la firma panameña de abogados Mossack Fonseca. Cada archivo contenía la información detallada de activos depositados en diferentes bancos, las identidades de sus propietarios y todos los movimientos de las cuentas entre 1970 y 2015. La diseminación pública de esta información, los Panama Papers, cuyo principal aporte fue que revelaron cómo funciona el sistema financiero internacional que se esconde detrás de testaferros y empresas con dueños desconocidos.

Los Panama Papers no fueron la única filtración de secretos bancarios. Ha habido otras antes y seguirá habiéndolas. Estas crean importantes dilemas éticos. Pero también le abren los ojos al mundo. Es paradójico que hayan sido los ‘hackers’ y los soplones actuando ilegalmente quienes le han dado una inyección de transparencia al sistema financiero internacional.

Los lavadores de dinero, los evasores de impuestos y los corruptos que esconden su dinero en estas instituciones ya no pueden dormir tranquilos. No tanto por las amenazas de los gobiernos sino por las de otros ciudadanos que se han tomado la tarea de obtener y revelar secretos bancarios del mundo.

Tampoco pueden dormir tranquilos los dictadores de estos tiempos, por más que se disfracen de demócratas.

MOISÉS NAÍM
En Twitter: Twitter @moisesnaim

Columnistas

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