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La Guajira, 'mea culpa'

Esta crisis global que vivimos en La Guajira no es una patología social, espontánea y endémica; no, esta crisis es la representación de un histórico diálogo negado de nación-región.

He aquí La Guajira, la del corazón de cactus y cabellera de vientos alisios, la del cielo luminoso en donde sonríe el sol del Caribe… la primera madre del mestizaje colombiano, ahora resquebrajada ante la personalidad errática de sus recientes gobernantes.
He aquí La Guajira y su inviabilidad como departamento, y, de allí, surgen las palabras que muchos temen escuchar: ‘sí, estamos desnudos, con la manos vacías, con el temblor de la vergüenza y el canto ahogado del orgullo colectivo’.
De igual modo, he aquí el reiterativo relato de un modelo político-administrativo poroso y descontextualizado que baja de los fríos andes bogotanos y se instala en un entorno caluroso de fuerte raigambre étnico. Es el viejo cuento de los censores- policías del civilizado centro contra los forajidos de la periferia salvaje.
Es en este punto en donde nos preguntamos: ¿y ahora qué? ¿Acaso la horrorosa sombra devoradora de niños no tiene hilos anudados desde Bogotá?
Es necesario precisar que esta crisis global, que vivimos en La Guajira, no es una patología social, espontánea y endémica; no, esta crisis es la representación de un histórico diálogo negado de nación-región. Es el resultado de una relación piramidal, desdeñosa y ligera que el centralismo ejerce con las fronteras y con las tierras ancestrales; es, también, el fruto de una connivencia sombría y soterrada entre los grupos políticos-económicos mayoritarios con sus agentes de provincia.
Es innegable esta correlación, pues, la corrupción es un engranaje colateral que funciona contra el orden establecido y requiere de múltiples fuerzas cómplices para la eficacia de su golpe. ¡Qué se avergüence también la dirigencia nacional!
Justamente, la gravedad que presenta el panorama humano y social de La Guajira nos obliga a repensar en el escenario local las posibilidades de cambios reales, por lo que hablamos de que de esta desesperanza guajira (y de otras regiones periféricas) pueden emerger fuerzas vitales para la transformación del país, en el marco del posconflicto, hacia un nuevo pacto social que nos amplíe la democracia.
A este conjunto de complejidades pertenecen: la difícil área de Conejo, Fonseca, en donde funcionará un campamento transitorio de normalización en el Acuerdo de Paz entre las Farc y el Gobierno Nacional; la tensa relación de las autoridades y líderes wayús con las instituciones del Estado, como el ICBF; la presión de las medidas cautelares de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), la conflictiva frontera colombo-venezolana entre Zulia y La Guajira, la avanzada intervencionista del ariete multinacional sobre los recursos naturales (desvíos de ríos, parques eólicos…), la incubación del neoparamilitarismo en las rutas comerciales, tal es el tamaño de la trascendencia de los hechos que se viven hoy en La Guajira.
Ante ello no se debe tomar una decisión unilateral desde el Ejecutivo –que probablemente recentralice el país–, sino una decisión en conjunto, con la sociedad civil del departamento, que permita una investigación social, con efecto vinculante, que dé cuenta de las causas de la crisis guajira y factibles estrategias de solución.
Así como planteamos una responsabilidad nacional implícita en el caos administrativo guajiro, de igual manera exigimos un verdadero acto de contrición de toda la clase política y gremial de La Guajira. Reclamamos un acto público de perdón por parte de cada uno de los gobernantes departamentales y locales. Basta ya de excusas peregrinas tras las cuales quieren ocultar sus gigantescas vergüenzas, justo en la tierra del “ancho horizonte del sol”. Precisamente, en estas circunstancias, nada es más propicio que recordar la frase del juez norteamericano Louis Brandeis: “La luz del sol es el mejor desinfectante”.
De nuevo lanzamos el reto de La Guajira, ‘mea culpa’ (reconocedora de errores y voluntaria de compensaciones); con la organización de un gran debate interno que resuene desde los espacios ciudadanos sureños de La Jagua del Pilar hasta los espacios septentrionales de Puerto Estrella. Que sea un debate argumentativo, de frente a nuestras cicatrices y dolores, revisitando nuestras virtudes y dones… que nos reproyecte con nuestras singularidades en el curvo escenario del mundo… con esa magia legendaria de la cual tanto se han alimentado la cultura y el arte colombianos.
No temas al duro espejo de una descarnada reflexión,
pues solo así se abre el camino a la necesitada renovación.
Miguelángel Epeeyüi López-H.
amerindia@hotmal.com
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