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Solo un discurso

Solo un discurso

Los mandatarios no pueden seguir trayendo combustible a la guerra para encender campañas.

29 de agosto 2021 , 09:51 p. m.

En un país donde nos hemos matado desde siempre por pensar distinto, se necesita coraje para hablar de esperanza. Porque los que estaban con Bolívar estaban contra Santander, y los que estaban con Santander estaban contra Bolívar. Porque los de rojo mataban a los de azul, y los de azul mataban a los de rojo. Y ni hablemos de la guerra de los grupos armados, porque se vuelve una maraña de fuego abierto de un lado al otro y en el sentido contrario. Esto sin mencionar a la desgraciada sociedad civil, que usualmente pone las víctimas entre el fuego cruzado.

Los discursos políticos se han asentado sobre la base del odio al adversario. Hemos sido pioneros en atrocidades, en la empresa del narcotráfico, en la sofisticación del crimen organizado, en la industria de los carteles. Todo esto nos ha merecido el estigma internacional del colombiano como delincuente. El problema es que, más allá de lo que digan de nosotros fuera, también dentro hemos perdido la capacidad de confiar en nosotros mismos.

Temerosos, miramos con recelo al recién llegado, verificamos la identidad del que va a entrar, de quien llama al teléfono, de quien golpea a la puerta, de quien camina a nuestro lado. Esta sociedad que ha crecido y se ha formado entre picos de violencia es la que llamamos ‘patria’, palabrita desgastada que, según la Real Academia Española, se refiere a la “tierra natal o adoptiva ordenada como nación, a la que se siente ligado el ser humano por vínculos históricos, jurídicos o afectivos”.

Pues bien, mi tierra natal, esta a la que me unen vínculos afectivos, históricos y jurídicos, me ha llevado a pensar que la política es una guerra: de balas, de ideas, de odios más concretos o más abstractos, pero una guerra, al fin y al cabo.

Es justamente en esa dinámica donde a menudo he sentido que la coherencia del discurso flaquea. ¿Por qué defender a un líder sobre otro, sea cual sea? Seguir creyendo en una verdad única sobre una mentira que debe ser exterminada nos ha llevado a derramar demasiada sangre. Los mandatarios no pueden seguir trayendo combustible a la guerra como una estrategia para encender campañas y luego mantener el fuego prendido en el curso de sus gobiernos.

Es por esto que no puedo sino aplaudir el discurso de Alejandro Gaviria, el hecho de que se refiera a la acumulación del poder como el problema de fondo (venga de donde venga ese poder). Gaviria, en un tono cálido, nos dice que la política no tiene por qué ser cruel, no tiene por qué ser oscura. Alguien me dijo que es solo un discurso. A esa persona le respondo que en efecto es eso, pero también mucho más. “Solo un discurso” dio Abraham Lincoln en Gettysburg, Pensilvania, el 19 de noviembre de 1863: “El gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no desaparecerá de la tierra”, dijo quien abolió la esclavitud en el que ya apuntaba a ser el país más poderoso del mundo.

En la “mano dura, corazón grande” de Álvaro Uribe y su Seguridad Democrática, en la paz de Santos y su “colombianos, cesó la horrible noche”, o en “hay que reducir la corrupción a sus justas proporciones”, de Turbay Ayala, por poner algunos ejemplos al azar, no encontramos solo palabras de presidentes, encontramos un entramado de verdades y mentiras, un estilo, una marca, un sello de un gobernante y de lo que fue o habría de ser su gobierno.

Las palabras de Alejandro Gaviria en el lanzamiento de su aspiración presidencial no son “solo un discurso”. Son una apuesta por la esperanza, una apuesta hecha con coraje y honestidad, que le sube la altura al debate político y nos devuelve el sueño de que no tenemos por qué ser por siempre el país en guerra que hasta ahora hemos sido. Para poder ser otros necesitamos creer que podemos. Y hacer renacer la idea de que cambiar para bien es posible vale más que cualquier promesa.

MELBA ESCOBAR
En Twitter: @melbaes

(Lea todas las columnas de Melba Escobar en EL TIEMPO, aquí).

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