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Sentencia de vida

Sentencia de vida

Sentencia de vida es haber nacido en un lugar donde todos somos a un tiempo víctimas y victimarios.

23 de mayo 2021 , 11:11 p. m.

Ser colombiano es también no poder cerrar la puerta de la casa dejando afuera el miedo, la rabia, la tristeza, en fin, el dolor de vivir en un país donde la injusticia y la impunidad se imponen. ¿Quién queda para velar por las víctimas? Las víctimas de los abusos policiales, de los vándalos, de la persecución de las iniciativas de comunidades en busca de una oportunidad. Víctimas de la falta de independencia de los poderes, de la corrupción, de la indolencia en la prolongada desatención a la emergencia social.

“¿Qué es un país sino una sentencia de vida?”, se pregunta Ocean Vuong en su magnífico libro ‘En la tierra somos fugazmente grandiosos’. Y sí, yo también me lo pregunto. ¿Cómo nos determina el territorio en que nacimos? ¿Cómo nos marca ‘la patria’, ese concepto tan traqueteado que intenta unirnos a todos bajo un mismo techo de manera arbitraria, radical, casi siempre trágica? Mi ‘patria’, este territorio salvaje cosido de incendios y colores, entapetado en flores como mariposas, poblado de animales y paisajes improbables, sobrevolado por aves acostumbradas a mirar desde arriba masacres y festejos, todo bajo el mismo cielo que por estos días deja brillar un sol abrasador para luego desatar la furia del diluvio.

“¿Qué es un país sino una sentencia de vida?”. Se preguntan las decenas de personas que han perdido la vista en los operativos de la Fuerza Pública durante las marchas, los familiares de las víctimas fatales a manos de uniformados, los padres del policía de 22 años asesinado en Cali, del capitán de la Sijín apuñalado en Soacha, de los que estaban en el CAI al que le prendieron fuego con ellos dentro, de la patrullera violada a quien no le creen los que encarnan el fanatismo político.

“¿Qué es un país sino una sentencia de vida?”, se deberían preguntar los campesinos que no han podido distribuir sus productos agrícolas, el 25 % de jóvenes desempleados, los camioneros paralizados, el maestro de obra que no pudo salir del barrio y perdió su trabajo.

Sentencia de vida es haber nacido en un lugar donde todos somos a un tiempo víctimas y victimarios, pero invariablemente señalamos al contrario como responsable. Sentencia de vida es quitarles el oxígeno a las clases medias y bajas a través de un paro que lucha por los derechos de estas. Sentencia de vida es sentir que algunos llaman a quienes marchan guerrilleros y otros, asesinos a los policías. Sentencia de vida es caer en la trampa de las generalizaciones que nos encierran en consignas simplistas que escalan las violencias.

Tenemos razones de sobra para estar furiosos, para salir a la calle, para vociferar nuestra indignación y reclamar nuestros derechos. Lo hemos hecho por tres semanas sostenidas, en las que lo mejor que ha hecho el presidente Iván Duque es promover la campaña electoral de Gustavo Petro desde su discurso irascible, sus teorías de la conspiración y su negación del drama político y social que Colombia está atravesando. Sentencia de vida es sentir miedo cuando deberíamos estar en una supuesta primavera. Pero, en cambio, el miedo está ahí. Miedo a la Fuerza Pública y miedo del odio a la Fuerza Pública. Miedo de este gobierno y miedo al odio que suscita este gobierno. Miedo de seguir en este purgatorio sin liderazgos ni soluciones, miedo de lo que vendrá. Miedo de sentir que ni el comité del paro representa a los manifestantes ni influye sobre un movimiento que parece haberse salido de control, ni Duque está ejerciendo como Presidente.

Soy colombiana, y como todos los que comparten conmigo esta trágica sentencia, por estos días la estoy pasando mal. Mi solidaridad con las otras 50 millones de víctimas de este encierro, de esta claustrofobia, de este aire viciado de jaula putrefacta donde todos miramos y sentimos distinto y, sin embargo, nos une la misma herida, un solo malestar.

MELBA ESCOBAR
En Twitter: @melbaes

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