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Predadores

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La industria textil es la segunda que más contamina el planeta, después del petróleo.

19 de julio 2021 , 12:37 a. m.

Fui a un almacén de cadena a buscar unas prendas que les faltaban a los niños. La música electrónica sonaba a todo volumen, las luces blancas nos hacían a todos –éramos muchos– marchar a ritmo acelerado.

Letreros de descuentos competían en espectacularidad: 20%, 30 %, 40 %, 50 %, montañas de ropa se desbordaban hasta caer al suelo. Pensé en esas prendas que rebosaban la canasta hasta terminar en el piso, en algunos casos incluso pisoteadas por los zapatos de los muertos vivientes que atestábamos el lugar con nuestra ansiedad, con nuestro canibalismo impuro. Ese afán de no hacer parte de los que sobran, de los que no “clasifican” a la final de cualquier cosa, en búsqueda constante del Santo Grial entre sacos de marca con letreros gigantes. Pagamos con nuestro propio dinero por promover sus emporios, GAP, Nike, Adidas, gritan los avisos andantes que son nuestros cuerpos.

La industria textil es la segunda que más contamina el planeta, después del petróleo, la misma donde 1 de cada 3 personas del mundo trabaja o, mejor, ejerce el precariado en mayor o menor grado de servilismo y esclavitud. Miles de bocas hambrientas desde China hasta El Salvador, dispuestas a trabajar 16 horas diarias por un puñado de dólares mensuales. Todo eso está detrás de las prendas que rebosan la canasta, caen y terminan arrastrándose bajo pisadas zombis. Nadie se va a agachar a recogerlas, no queremos ensuciarnos las manos, menos en tiempos de pandemia.

Ríos de tintura azul en los alrededores de las fábricas donde pintan los ‘jeans’. Miles de trabajadores entre los cuales no faltan niños en China, India, México o Pakistán. Pero por andar distraída pensando en estas cosas me perdí el paquete de calzoncillos de Hombre Araña talla 4 que pensaba llevarle a mi hijo, alguien se lo llevó. Me quedo detenida entre el murmullo de la gente que comenta la calidad de una prenda, el color o lo barata que está la camiseta con mensaje feminista o ambiental. Por los parlantes, una mujer no para de aullar como una loba para completar la estridencia de un ambiente festivo, colorido y mortecino como las venenosas aguas de colores que corren por los canales de Bangladés.

Y estoy hablando de una industria legal, no estoy hablando del mercado de la droga o de las armas. Y, sin embargo, industrias como las extractivas, la textil, los cosméticos, las farmacéuticas o la alimentaria actúan cada vez más como carteles de la mafia. Lo más triste es que los ciudadanos del común, ya no digamos la sociedad, digamos, para ser más precisos, los consumidores, no somos capaces de controlar el efecto de nuestra intervención individual en este estadio de abusos laborales, económicos y ambientales que se engranan con simétrica coherencia en la sociedad asfixiada que habitamos.

Me pregunto si será el efecto del ruido o el de las luces blancas lo que me tiene tan perturbada. Me digo que quizá sean ambos. Pienso entonces en el petróleo que pedalea todo cuanto me rodea, la música, las pantallas con anuncios tecnicolor, las filas de carros estacionados afuera. Por un segundo me detengo. Miro a mi alrededor. Otros hámsteres con tapabocas de diseño avanzan excitados mientras arrojan ropa en una bolsa de tela. Me siento atrapada dentro de una distopía. Una de esas películas que veía en la adolescencia en donde todas las formas de explotación confluían y se alimentaban por los mismos actos “voluntarios” de sus protagonistas.

Por andar con la cabeza en otra parte, me estrellé contra una mujer que se alejó de mí con violencia, como si yo tuviera sarna. Ese gesto me trajo de vuelta a la “realidad real”. Tomé los pantaloncillos de otro superhéroe, unas medias para la niña y me apresuré hacia la caja. Los chicos llegarían en una hora a la casa, ya tendría tiempo para epifanías existenciales en otro momento.

MELBA ESCOBAR
En Twitter: @melbaes

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