Nuestras anormalidades de cada día

Nuestras anormalidades de cada día

Con frecuencia nuestra existencia parece limitarse a la queja de vivir en un país como este.

18 de enero 2021 , 12:48 a. m.

Cada vez que entro a las redes sociales vuelve a sorprenderme la soberbia de miles de nosotros. Cada uno señalando culpables, errores, carencias, en el sistema, en los otros, en alguien en particular, en las instituciones, en fin, en esa realidad que conformamos entre todos, pero de la cual por un momento tomamos distancia para señalar, juzgar, elevarnos en nuestra ingeniosa, receptiva y audaz superioridad. Como si la vida fuera un eterno concurso de banalidades transmitido en vivo donde siempre gana el más rápido, o la más mordaz.

Muchos estarán en su sofá, o en la cama, tomando un respiro entre una serie y otra de Netflix para criticar a la alcaldesa, o al Presidente, a alguna exreina de belleza, al secretario de Salud, a cualquier ministro, en fin, a cualquier autoridad o celebridad. Como si esta tendencia de mantener una hoguera encendida en redes donde cualquiera puede quemarse fuese el circo romano del siglo XXI. El lugar donde disfrutamos de la destrucción, aunque sea simbólica, de quienes al parecer son más fuertes, privilegiados o exitosos.

Y hacemos bromas sobre el apocalipsis que nos espera. Y vemos señales definitivas del fin del mundo. Y lo mismo nos burlamos de personajes que se resisten a entregarse a esta orgía inquisidora, llamamos ingenuas a las lideresas que sugieren un cambio, oportunistas a algunos de quienes genuinamente buscan contribuir a la comunidad. Con demasiada frecuencia, nuestra existencia parece limitarse a la queja de vivir en un país como este, en un siglo como este, en un mundo como este. Como si el planeta se hubiese poblado de niños malcriados dedicados a remarcar su infelicidad y culpar a otros de esta.

Esta es solo una de tantas anormalidades que hemos ido naturalizando en este mundo globalizado, mediático, capitalista casi hasta el canibalismo y, como si fuera poco, ahora pandémico. Sabemos que las desgracias pueden ser globales, pero sin duda afectan sustancialmente más a los países desiguales, institucionalmente frágiles como el nuestro, y en donde a los gobiernos mediocres, como el nacional, la pandemia les sirve en bandeja la oportunidad de hablar de un único tema. Así les resulta más fácil que antes esconderse detrás del confinamiento prolongado, apagar los clamores de las marchas y sus peticiones, y limitarse al que parece haberse convertido en el único asunto de interés general.

Asomarse a las noticias es un desierto. Los noticieros nacionales solo hablan de fiestas ilegales, de las UCI, del macabro asesinato del día o de Trump. En internet sale Bill Gates como si fuese el nuevo Nostradamus, prediciendo el futuro. Y si bien con esta descripción del estado de las cosas me inclino a pensar que en efecto vivimos tiempos apocalípticos, me niego a entregarme al cinismo en el que parecemos haber sucumbido. El cinismo lleva a la inacción. La inacción lleva a la inercia en la que estamos sumidos, que, de continuar, hará que tarde o temprano los escenarios fatalistas que tanto predicamos se hagan realidad. Si vamos hacia el fin del mundo, es porque hemos elegido esa ruta.

Más que nunca, necesitamos de un cambio. Para empezar, de una nueva narrativa. En palabras de la humanista Jacqueline Novogratz, necesitamos una revolución moral. Entender que cada día, todos y cada uno de nosotros tiene la opción de elegir si queremos o no trascender nuestras pequeñas batallas individuales en función de un beneficio colectivo.

Llevamos un año hablando de ‘empatía’. Pero lo cierto es que la ‘empatía’ sin acción resulta estéril. Observar las anormalidades de nuestro comportamiento diario, la agresiva pasividad que nos caracteriza, es ya un comienzo. Se trata de elegir qué lugar queremos ocupar, si hacemos parte de quienes dedican su tiempo, compromiso y dinero a aportarle sentido y dignidad a la vida, o si preferimos permanecer inertes, en el sofá de los cínicos.

MELBA ESCOBAR
En Twitter: @melbaes

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