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No hay violencia buena

No hay violencia buena

Muchos pretenden justificar su derecho a la violencia en el marco del paro nacional.

09 de mayo 2021 , 11:19 p. m.

Las redes sociales amplifican los miedos, odios, antipatías y desenfrenos que cada quien fabrica desde su propia representación de la realidad. En días pasados escribí la frase “no hay violencia buena”, como respuesta a la cada vez más enrevesada retórica con que muchos pretenden justificar su derecho a la violencia en el marco del paro nacional.

Pensé, quizás ingenuamente, que la consigna podría ser lo suficientemente elemental, por no decir tautológica, para permitir un mínimo común acuerdo. Pues me equivocaba. No tardaron en llamarme sesgada, errada, mal informada.

De los pocos y gloriosos momentos que ha vivido la turbulenta vida política reciente de este país, recuerdo con añoranza cuando una de las mejores versiones de Antanas Mockus nos ponía a recitar, como niños en la escuela primaria: “La vida es sagrada”. Parecería una tontería. Quizá lo sea para un ciudadano suizo o finés, pero sin duda no lo es para nosotros. Y no lo es porque hemos tenido una historia de violencia y radicalización que ha crecido con el país, con sus problemas y con la espiral de odio que nos envuelve en una dinámica que parece no ofrecer otra salida distinta a la satanización del contrario como única respuesta.

Es cierto que las razones para marchar contra un gobierno débil, indolente, autoritario e insensible por parte de un pueblo agobiado por la pobreza, el recrudecimiento del conflicto y la pandemia son innumerables. La rabia está más que justificada. Sin embargo, el tono religioso de predicador que habla desde el púlpito con que intelectuales biempensantes insisten en estar del lado correcto de la moral, así como la euforia con que les aplaudimos, no son suficientes para tramitar una solución frente a esta crisis. Seguir insistiendo en el lado correcto de la historia una y otra vez es como querer apagar un incendio echándole más leña al fuego.

En una nación quebrada, con muchos más enemigos y conflictos internos que externos, acostumbrada al miedo, la desconfianza y las vías de hecho como prácticas sociales habituales, la moderación es vista bajo sospecha, por no decir como traición. En su luminoso libro ‘El país de las emociones tristes’, Mauricio García Villegas intenta psicoanalizar nuestra atormentada identidad nacional. Hacia el final dice que en lugar de pensarnos como liberales y conservadores, izquierda y derecha, podríamos pensarnos como radicales y moderados, elegir una emocionalidad, una frecuencia de vibración que no se calibre con la tonalidad de la violencia.

Aunque no nos falten razones para sentir dolor y resentimiento en y por esta tierra sufrida, también es cierto, además de urgente, observar, como lo hace el autor de ‘Las emociones tristes’, que “la radicalización de unos entrañó la de otros y ambos se encadenaron en un extremismo simétrico”. Más que elevarnos con la bandera de la moral y el honor para demostrar que tenemos la razón, que estamos mejor informados, menos sesgados, somos más sabios o educados, nos urge buscar un espacio compartido.

Necesitamos romper la espiral de violencia. Para eso necesitamos un árbitro, un psicoanalista, un mediador, un intérprete, un confesor, un humanista, no un padre, no un caudillo, no otro ángel vengador, no un iluminado que nos explique lo que sucede, alguien que sepa escuchar las muchas verdades enmarañadas cubiertas de dolor que palpitan a lo largo y ancho de este país. Una figura que convoque a unos y a otros, que renuncie a la batalla narcisista por el honor de estar del lado correcto de la historia, y que le preocupe más oír que predicar. Porque no hay violencia buena, ni hay que estar sesgado o tener cierta información para afirmarlo. Si esto no lo vemos, estamos del lado de los radicales, que es el lado contrario al del diálogo y la vida. La vida, la que vale más que cualquier retórica.

MELBA ESCOBAR
En Twitter: @melbaes

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