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Más vale tarde que nunca

Más vale tarde que nunca

En Colombia se aplica la ley del ojo por ojo, la del sálvese quien pueda, la del vivo vive del bobo.

10 de octubre 2021 , 09:54 p. m.

Cuando se nace pobre y sin condiciones para salir de la trampa de la pobreza, la suerte está echada. Queda la descorazonadora alternativa de convertirse en héroe, romper todas las estadísticas y, al final, ser apenas la excepción que confirma la regla. Un semidiós de la subsistencia. Como si vivir tuviese que ser eso, una prueba de fuego que solo pasan los mejores. Y, sin embargo, en una sociedad injusta, es exactamente así.

Leo la noticia de un joven de 19 años, sin trabajo, que fue a atracar un billar en Cúcuta y terminó con cuatro tiros en su cuerpo, golpes en la cabeza, asesinado en medio de un linchamiento alicorado. La carta de su familia muestra un dolor muy grande, por representar a tantos, por parecerse demasiado a demasiadas historias vistas, oídas y sabidas hasta la náusea.

Porque somos eso, la rabia sin piedad y la justicia por mano propia. El linchamiento como desahogo y venganza.

“Estamos en este mundo, del mismo modo que este mundo está en nosotros”, escribe Edgar Morín. Y dentro del mundo que es nuestro país, nuestra patria quebrada, pero nuestra, hay una élite, como las hay en todas partes. La diferencia es que esta élite que somos quienes escribimos en este diario, y la inmensa mayoría de quienes lo leen, quienes nos movilizamos en carro, tenemos acceso a salud de calidad, a educación de calidad, a un techo, una cuenta bancaria, comida en la despensa y vacaciones en la playa o la montaña, somos como la mayoría de los europeos o de norteamericanos, pero como la minoría de los colombianos.

Y lo hemos sido siempre, una isla, una isla que crece, como creció la clase media en Colombia hasta que llegó la pandemia a recordarnos que como sociedad seguimos siendo un fracaso. Porque, al fin y al cabo, como dice James Robinson, élites hay en todas partes, la diferencia es si estas trabajan para las mayorías o para sí mismas.

Todas esas historias de atracos, de abusos, violencias domésticas, parricidios, feminicidios, extorsiones, peleas de vecinos que terminan en sangre derramada, todo ese dolor, toda esa impunidad que rueda por las calles, esa idea de que la única salida es la agresión porque no tenemos un Estado protector, porque “ahora quién podrá defendernos”, porque vivimos en el país del Sagrado Corazón, donde se aplica la ley del ojo por ojo, la del sálvese quien pueda, la del vivo vive del bobo.

Según el Índice Global de Criminalidad, Colombia es el segundo país con los indicadores más altos de delitos, después del Congo. Se mencionan el tráfico de drogas, de armas, de personas, los crímenes contra flora y fauna, los de tipo sexual, la impunidad, en fin. Por unos años le apostamos a la paz, quienes le apostamos a la paz, y se firmó el acuerdo, que sigue siendo mucho, pero no suficiente, ni con este gobierno ni con otro cualquiera.

Porque no basta con firmar la paz en un país donde los derechos ciudadanos no son para todos, sino para quienes tienen cómo y con qué exigirlos. Y si se paga, entonces no es un derecho que esté siendo garantizado por un Estado.

Más allá de los acuerdos de paz, de la retórica de la izquierda o la derecha, de las maquinarias populistas, las mermeladas, los carteles, las mafias, la corrupción, este país, más que al Divino Niño, a la Virgen de Chiquinquirá o al eslogan de ‘Colombia, es pasión’, lo que necesita es a una sociedad civil dispuesta a impulsar un liderazgo hacia un cambio estructural y definitivo en el contrato social.

En palabras de Jean Jacques Rousseau: “Ningún ciudadano debe ser tan opulento como para poder comprar a otro, ni tan pobre como para tener necesidad de venderse”. Qué lejos estamos de hacer cumplir lo dicho por el filósofo ginebrino en el siglo XVIII. En cualquier caso, más vale tarde que nunca.

MELBA ESCOBAR
En Twitter: @melbaes

(Lea todas las columnas de Melba Escobar en EL TIEMPO, aquí).

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