Lo que queda

Lo que queda

Mamá supo construir su vida no sobre el padecimiento, sino a pesar de él.

09 de diciembre 2019 , 12:02 a.m.

Las plantas junto a la ventana, una foto de mis tres hermanas y yo sentadas junto a mi mamá, el tejido a medio hacer, las obras completas de Tomás González, las medicinas en la mesa de noche junto a una caja de chocolates. Los cajones organizados con precisión. Una extensa colección de pañoletas reunida a lo largo de una vida. Unas pocas joyas. Los ‘slacks’, como los llamaba, planchados por ella mientras aún podía hacerlo, organizados por tonalidad. Los álbumes para completar la narrativa de una vida: la infancia en Barcelona, la austeridad de la guerra en la crianza de una mujer que enterramos hace quince días y a quien recuerdo frugal y, sin embargo, delicada, exquisita en su sobriedad.

Las fotos de cuando era estudiante en París, donde conoció a mi papá, “el negro” proveniente de Cali, que la enamoró y se la trajo a Colombia en un barco que atracó en Buenaventura, a donde llegó con 27 años, una niña de brazos y otra en las entrañas. Desde el desembarco, dijo mamá alguna vez, todo fue un tremendo desconcierto. Le produjeron rechazo la basura, el ruido, el calor pegachento, los olores a vidas humanas y animales, seres vivos y muertos, todo entremezclándose con una alegría de carnaval.

Mamá con la toga, mamá escuchando fados, mamá hablando de la teología de la liberación, de si Coomeva respondería por la cuenta de la clínica, de sus amigas de Fundama. Mamá con lupus casi desde que tengo memoria, con cáncer desde hace más de un año, con una osteoporosis que le pulverizó los huesos pero le dejó hasta el final la mente intacta, despejada, siempre atenta.

Hace 17 años, cuando murió mi papá, su habitación era un reguero de marcadores, recibos de lavandería de 20 años atrás, documentos, libros, micos tallados en coco, pintados a mano, el mico notario, el mico odontólogo, cachuchas, bastones, un afiche de Santander, una lámpara de bacará, una matrioska de madera, una chiva, una botella de aguardiente en miniatura, un antigripal. Los chécheres de quien vive una vida afanosa, agitada y desordenada. Como esa alcoba festiva y caótica, como su inquilino.

Mamá, en cambio, parecía como si previera que andaríamos tanteando entre sus cosas un atisbo de intimidad. Y lo encontramos. A pesar de la morfina, lograba conectarse con sus hijas, así como con sus hermanos que viajaron desde distintos destinos para darle un último adiós. Supo estar ahí para despedirse, supo encontrar palabras de aliento que aún resuenan sinceras en la memoria. Este país se volvió el suyo, y lo quiso hasta el final, cuando postrada en una cama de la que no volvería a levantarse, comentaba las noticias, comparaba las épocas de Turbay con las actuales, releía la prensa y veía en la televisión las plenarias del Congreso.

Esa era mamá. Una mujer ordenada en el sentido más amplio de la palabra. Con sus convicciones bien puestas, su devoción por sus cuatro hijas, su optimismo acérrimo que cobra más sentido aun al recordarla padeciendo tanto dolor, un dolor que no le impidió repetir hasta el final “pero qué bella que es la vida”.

Entre recuerdos aleatorios captados vaya uno a saber por qué caprichos de la memoria, atesoro sus palabras de admiración y afecto por Colombia. “A los jóvenes se les olvida, o no saben, cómo era esto hace cincuenta años. Pero yo lo recuerdo, hija, y te digo que es asombroso ver lo que ha construido esta sociedad en medio siglo. Te apuesto a que en Europa no habrían conseguido nada semejante en tan poco tiempo”.

Mamá supo construir su vida no sobre el padecimiento, sino a pesar de él. Esta verdad parece materializarse, como en un relato que, solo en la última línea, nos permite entender su significado. La esperanza es una fuerza capaz de mover montañas. Si bien es un recuerdo personal, por no decir privado, lo comparto hoy como quien comparte una vela encendida en medio de una noche oscura.

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