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Las alas de la incertidumbre

Las alas de la incertidumbre

Somos libres a pesar de nuestra herencia y de nuestro contexto.

07 de noviembre 2021 , 10:02 p. m.

A veces siento que vivimos atrapados en la celda de los rasgos particulares. Una nacionalidad, una familia, una religión, un color de ojos, una estatura. Pequeña como su mamá, narizona como su papá, agresiva como su abuelo. Conservador por tradición, luchadora por colombiana, de origen pobre, un colombiano matón, un bipolar por genética, un disléxico como su tía.

Simplificar, definir, delinear trazos sobre papel carbón. Ser algo. Ser alguien. Tener creencias, una moral, tener y ser, como si la identidad fuese un costal que nos entregan casi vacío al nacer y que debemos ir llenando a lo largo de la vida. Veterinario, obrero, estudiante, santandereana, homosexual, bizco, transexual. Etiquetas. Estrato 2, estrato 5. Como si en esos accidentes viniese la definición de la propia vida. El envase, su longitud, su extensión y las especificaciones de lo que nos es dado ser.

Si bien en todo estereotipo hay una semilla de verdad, el riesgo es tallarla en piedra hasta volverla absoluta. Las circunstancias que describen el país donde nacimos, las personas que somos, tienen unas características particulares, no por ello son una prescripción o una bola de cristal para adivinar el futuro. Los rasgos particulares no tienen por qué convertirse en sentencias de vida. Somos libres a pesar de nuestra herencia y de nuestro contexto.

¿Ser colombianos nos hace más agresivos que los suecos? La sola pregunta parece inducir la respuesta. Supongamos entonces que las estadísticas (ofrecidas a diario por los medios a todas horas y sobre todos los temas) establecen que, en efecto, ‘un estudio arrojó pruebas concluyentes sobre la propensión del colombiano a ser deshonesto’. Por ejemplo.

¿Nos convertiremos entonces, para ser consecuentes, en deshonestos quienes no lo somos? Porque ‘así somos’. Porque ‘existen estudios que lo prueban’. El peligro de las certezas es que limitan, coartan el motor del libre albedrío y el motor de cambio. Esto puede suceder a nivel personal, tanto como colectivo. Las creencias mueven el mundo. Hablemos del genocidio de los judíos en la Segunda Guerra Mundial, de la Inquisición española, de la fe cristiana, en fin, de la teoría de las especies, o de la ley de la gravedad. ¿Qué sería de nosotros si en lugar de los españoles nos hubieran descubierto los fenicios? ¿O los chinos? ¿La búsqueda del Santo Grial habría sido algo sin la idea de un Santo Grial? Un Santo Grial perdido, además.

A la criatura que nace sin saber cómo ni para qué, la visten de rosa o de azul. La bautizan en la iglesia bajo el Cristo en la cruz, le ponen la pulserita del mal de ojo, la medallita del Divino Niño, los aretitos solo si es hembra, así como la diadema y la pulserita. Luego, las vacunas, el jardín infantil, los parques, la escuela, las piñatas. Todo un sistema de creencias. Un sistema sólido, construido con esmero. Los ritos fúnebres, las bodas, las celebraciones de cumpleaños. ¿Han pensado que todo esto es un invento? A alguien alguna vez se le ocurrió. Todo. Cada cosa. Una por una. Y sin eso no tendríamos la torre de civilización buena y mala sobre la que tambalea la humanidad bajo el manto de los extremismos, el cambio climático, las pandemias, en fin. Todo eso somos, los seres humanos. Los únicos animales que matamos por las ideas que tenemos. La única especie con la capacidad de tomarse a sí misma tan en serio como para creer que sus convicciones le dan derecho a juzgar, a destruir, a aniquilar al contrario. También hemos sabido dejarnos crecer la incertidumbre, ver cómo de ella brotan unas alas muy grandes. Aunque a menudo caigo en juicios de valor, moralismos y discursos doctrinarios, todos los días intento desprenderme de mis certezas. No es que vaya muy bien hasta ahora. Pero cuantos más adeptos seamos, más fácil será militar a favor de la duda.

MELBA ESCOBAR
En Twitter: @melbaes

(Lea todas las columnas de Melba Escobar en EL TIEMPO, aquí).

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