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La conquista de la incertidumbre

La conquista de la incertidumbre

Llamar bueno a lo que me atrae y malo a lo que me repele, ya no me ocurre sin la sospecha.

11 de abril 2021 , 10:58 p. m.

Hace unos días alcancé la nada insignificante edad de 45 años. Cuando digo cuántos tengo, la gente a menudo exclama: “¡Pero no parece!”. A lo cual suelo contestar: “Gracias”, pues se supone que verse más joven es algo bueno. Y justo de eso vengo a hablarles hoy. De esa manía con la que desde la temprana infancia estamos suponiendo toda clase de cosas y dividiéndolas entre las buenas y las malas.

Casi todo parece venir decretado, previamente diseñado. No queda mucho más que adherirse al diseño. Recuerdo el miedo en mi niñez por no saber nunca la respuesta correcta cuando la maestra preguntaba alguna cosa. No extraño esos años. Nunca fui buena estudiante. Siempre tenía la cabeza en otra parte. No me entendían. Sentía que los profesores me detestaban. Les temía. Me tomó media vida y el paso por cinco colegios desaprender un universo hecho de reglas, respuestas correctas e incorrectas. Por eso creo que la infancia y la juventud están sobrevaloradas. Porque hoy soy más feliz. Porque ser joven fue una angustia de no saber, no entender. Buscar siempre adherirme a una creencia, a una manada, ‘un parche’. No quería quedarme sola y, por tanto, estaba dispuesta a creer lo mismo que otros creían como una manera de pertenecer.

Tuve que llegar a la mitad de la vida para descubrir este sofá de la duda donde ahora descanso. Llamar bueno a lo que me atrae y malo a lo que me repele, ya no me ocurre sin abrirle espacio a la sospecha. Desde este manso territorio que ahora habito, ya no castigo mis contradicciones, me limito a observarlas. Porque ellas no son ni buenas ni malas, solo son. Y ya.

Como dice Hannah Arendt: “La verdad es aquello que no se puede cambiar”. Y, por desgracia, vivimos en un país roto donde duele en el alma mucho de cuanto no se puede cambiar. No podemos cambiar la violencia en sus múltiples formas. Lo que sí podemos hacer es negarnos a construir una interpretación única de tales verdades, tales hechos. Podemos negarnos a adherirnos a una historia única, a una interpretación dogmática y moralista, a una ‘versión oficial’ sobre lo que ocurrió, sobre cómo y por qué pasó lo que pasó. Solo desde negarnos a fungir como jueces que señalan quiénes son los verdugos, quiénes las víctimas, llegaremos un día a sentarnos a conversar sin agredirnos y, tal vez, acercarnos a la anhelada tregua.

Acaso entre los animales la verdad no existe, o no es necesaria. La vida simplemente pasa, como el pájaro que respira el aire que expulsamos. La ausencia de certezas me ha resultado el camino a un pensamiento más apacible: “El que actúa por convicción no actúa libremente”, dice Chantal Maillard.

Hoy sé que si hubiera aprendido a una edad temprana a aceptar mi ignorancia, mi vulnerabilidad y mis dudas, mi vida habría sido más dulce. Hoy sé que educarse en la lógica de las respuestas correctas no dista mucho de asumir el dogma como salida de subsistencia en una sociedad donde toda manada es predadora. Y queremos estar con los buenos. Jugar con los héroes para destruir a los villanos. ¿Pero y si no hay héroes ni villanos? ¿Y si todos tenemos un poco o mucho de ambos? ¿Y si la clave de la vida está en hacer las preguntas, no en dictaminar las respuestas?

Me pasé la infancia intentando dar con la respuesta correcta. La adolescencia tejiendo una identidad desde las creencias. La juventud suponiendo que creer en algo no era solo necesario sino respetable. En la mitad de la vida vengo a entender que la compasión nace de aceptarnos vulnerables, erráticos y cambiantes, empezando por nosotros mismos. Y extrapolándolo a la tribu a la que pertenecemos y a las que nos rodean. Es desde esa aceptación desde donde participar en esta conversación de ideas, ficciones y creencias que es la vida nos resultará menos tormentoso. Creo.

MELBA ESCOBAR
En Twitter: @melbaes

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