Esperanza en la oscuridad

Esperanza en la oscuridad

Carlos Gaviria vuelve para recordarnos que se puede gobernar sin la cruz ni la espada como banderas.

25 de octubre 2020 , 11:41 p. m.

Entre la confusión, la incertidumbre y la desesperanza de estos tiempos, el libro ‘El Hereje: Carlos Gaviria’, de Ana Cristina Restrepo, es una luz centelleante a medianoche. Resultado de un juicioso trabajo de años, llega en el momento preciso para permitirnos imaginar un país distinto. Al tiempo que la minga y las protestas han regresado a las calles, la voz de Carlos Gaviria vuelve para recordarnos que se puede gobernar y legislar sin la cruz ni la espada como banderas.

En este perfil nos encontramos de frente con el magistrado que transformó a Colombia con sus valerosas sentencias, el dirigente que demostró que hacer política desde la defensa de la igualdad, la justicia y el derecho a las libertades individuales es posible. Podemos mirar a los ojos al hombre nacido en Sopetrán, Antioquia, un 8 de mayo de 1937. El hacedor de rompecabezas, el agnóstico irredento, el melómano, el asiduo lector de Borges y Wittgenstein, a quienes tenía colgados en dos cuadros como dioses tutelares a la entrada de su biblioteca.

Esta es la historia de un abogado que consideraba el libre albedrío como base para la conformación de una sociedad justa y participativa. Que asumió con responsabilidad, ética y honestidad sus compromisos como ciudadano, legislador e intelectual. Carlos Gaviria fue un hombre liberal en el sentido más amplio de la palabra. Defendió la eutanasia, el derecho al aborto, la prohibición de los castigos corporales y el concepto de familia diversa, años antes de que la Corte Constitucional reconociera el matrimonio de parejas de un mismo sexo. Muchos lo recuerdan por haber sido ponente del fallo sobre la despenalización de la tenencia de estupefacientes para uso personal.

El paso del filósofo por la Corte Constitucional de un país conservador, católico y parroquial no fue nada fácil. Ana Cristina se tomó el trabajo no solamente de documentar estos años, sino también su vida íntima a través de las voces de quienes más lo conocieron y quisieron. El resultado es la mirada del antioqueño que creció sin padre, el abuelo de Sebas y Alejo, el hombre de su generación que siempre defendió la paridad de géneros pero no llegó a fregar platos, cambiar pañales o entender la carga de la economía doméstica.

Al contrario de esa ilusión infantil que solemos depositar en los personajes públicos al imaginarlos como seres impolutos, sin tacha, Carlos Gaviria representa en este libro necesario un verdadero modelo humano en una sociedad democrática. Si bien fue un ser excepcional, fue también una persona de carne y hueso. No se trató de un mesías, no quiso interpretar una deidad, no vino a salvar a nadie ni a erigirse sobre otros por ser ‘intachable’, por representar el bien o tener la verdad absoluta. Su figura, en esta obra, no es la del prócer al que vamos a inmortalizar, a idealizar y a encumbrar en un pedestal. Como la persona integral y coherente que fue, Ana Cristina invita en su libro a que se lo mire a los ojos, como se mira a los seres humanos, criaturas mortales hechas de miedos, necesidades, deseos y contradicciones.

Ahora que vuelven a aparecer las marchas, “el hereje” me ha hecho pensar que en lugar de temer la insatisfacción colectiva, deberíamos abrazarla y celebrarla. Solo la inconformidad constructiva nos llevará a cambiar la realidad de un país que parece sumido en la repetición de un karma de violencia, injusticia social e indiferencia.

La esperanza es subversiva, leo entre líneas en el perfil recientemente publicado por Planeta. La esperanza no se detiene en su poder de imaginar otros futuros posibles. A Carlos Gaviria le doy gracias por su revolucionario humanismo, por su honestidad y fortaleza. A Ana Cristina, por traérnoslo de vuelta cuando tanto lo necesitamos.

MELBA ESCOBAR
En Twitter: @melbaes

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