El año quebrado

El año del tapabocas, las muertes, los contagios, la caída de la economía y el fin de los abrazos.

20 de diciembre 2020 , 11:28 p. m.

No son solo las tradiciones, saludarse de beso, darse la mano, abrazar a quien lo necesita, las que se han quebrado. Se han quebrado también miles, si no cientos de miles de negocios. Caminar por Bogotá se siente a veces como avanzar entre ruinas. Hay tantos letreros de ‘Vendo’ y ‘Arriendo’ que a menudo superan en cantidad a los comercios subsistentes. Duele saber que detrás de todos ellos hay un drama único: una madre desempleada, un embargo, un sueño que naufragó detrás de tanto negocio que tuvo que cerrar, como restaurantes, teatros, salas de cine o de belleza, salones de té o academias de baile.

El año está quebrado, como la economía de millones de hogares a lo largo y ancho del mundo, como la seguridad en nosotros mismos y en el futuro de los jóvenes, como las bolsas de empleo, como los planes de los estudiantes, como las excursiones de grado, las fiestas de quinceañeras y las novenas navideñas.

Con 1,7 millones de muertes en el planeta, más de 43.000 solo en Colombia, el covid-19 nos ha puesto a todos a prueba. Por lo pronto, está claro que, además de dejar fallecimientos y contagios, ha venido a sacarnos de la zona de confort en la que muchos nos habíamos instalado. Ahora habrá que pensar de nuevo. Pensar otra vez en la educación, la salud, el empleo. ¿Cómo evitar que esta pandemia incremente la brecha entre ricos y pobres? ¿Cómo obedecer el mandato de quedarnos en casa y cuidar solo de nuestros más cercanos sin por ello olvidarnos de los demás?

Me preocupa sentir que esta sea una forma de avalar la indiferencia. Porque sí, debemos quedarnos en casa para cuidarnos y así cuidar de los demás. ¿Pero no corremos entonces el riesgo de olvidar el sufrimiento ajeno? Además de incrementar la brecha de la desigualdad, las medidas contra la pandemia, si bien son sensatas, corren el riesgo de exacerbar el individualismo en una sociedad que ya de por sí narcisista y poco solidaria.

En estos días de transeúntes paranoicos, en medio de una ciudad llena de necesidades, temor e inseguridad, recuerdo la Navidad que pasé sola en Santa Fe, Nuevo México, en Estados Unidos. Fue hace ocho años. Estaba en una residencia de escritura creativa, tenía cinco meses de embarazo y no estaba preparada para un invierno tan fuerte. La tradición allá es hacer el paseo de los farolitos. Entre los vecinos decoran la vía iluminada para los caminantes. Suenan villancicos, se ven familias con maracas y panderetas. Entre una fogata y la siguiente hay estaciones con galletas y sidra caliente que se ofrece a los transeúntes. Otros preparan tortillas de queso, empanadas y pasteles.

Luego de una media hora andando, el frío se hizo más intenso. Al acercarme al fuego, un hombre mayor se quitó los guantes de las manos y me los tendió para que me abrigara. Acepté agradecida. Sorprendida también. En la siguiente fogata, una mujer se quitó su gorro de lana y me lo ofreció. Me sonrojé, sentía vergüenza, además de extrañamiento. La mujer insistió. Acepté este nuevo ofrecimiento. Luego de una hora más de andanzas, me fui sintiendo embriagada de afecto y alegría. También de sidra. Hacia la medianoche volví a la residencia estudiantil, me metí entre las cobijas y me dormí con una sensación totalmente nueva para mí, la de no estar sola cuando se está en medio de una comunidad que nos ampara.

Esta historia salta a mi memoria cuatro días antes de la Navidad de un año que recordaremos con dolor. El año de los tapabocas, las muertes, los contagios, el miedo, el cierre de los colegios, la caída de la economía y el fin de los abrazos. Ojalá no sea recordado también como el año en que nos olvidamos de ayudar a quienes habríamos podido. Para esto último, el distanciamiento social no es una excusa ni un aval para legitimar la indiferencia. Al contrario, hoy más que nunca, necesitamos construir comunidad.

MELBA ESCOBAR
En Twitter: @melbaes

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