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Dios de la miseria

Dios de la miseria

Qué ironía pensar que el ‘distanciamiento social’ ha sido en Colombia estructural. Histórico.

El viernes fuimos con mi hija, en un bus de los azules, al MamBo. Visitamos la exposición ‘Quiero estar contigo’, a cargo del nuevo curador en jefe del Museo de Arte Moderno de Bogotá, el italiano Eugenio Viola. La muestra nos lleva a observar la crisis desde la sensibilidad colectiva. Los cambios en los rituales cotidianos, las fracturas que ha sufrido nuestra rutina, tanto en Colombia como en todas partes. Desde la Segunda Guerra Mundial no se enfrentaba el mundo con una amenaza como ha sido esta pandemia que el próximo 6 de marzo completa un año desde el primer caso confirmado en Colombia.

Mientras paseamos solas por los salones, como por un lugar lleno de maravillas, el asombro se va posando sobre la realidad para señalar lo extraordinario. Quisiera que hubiera más gente aquí. No diré una multitud, pero sí un centenar de personas con quienes podríamos estar disfrutando de estos gabinetes de curiosidades, estas lecturas clarividentes de lo anómalo. Pero somos las únicas. Y solas nos detenemos frente a la fotografía de un indigente que parece un gigante negro, cubierto en una negra cobija y con un paisaje urbano y plomizo detrás, apocalíptico, bogotano. En sus manos, el hombre lleva una bola blanca que alza hacia el frente con gravedad. Dios de la miseria se llama esta obra del artista Jaime Ávila. La presencia de este Dios, su dignidad, su fuerza, se me queda grabada en la mente.

Seguimos avanzando. Vemos imágenes de multitudes; también, de salas vacías. No hemos vuelto a ir a bodas, funerales ni conciertos, pienso mientras avanzo junto a un mapamundi tallado sobre una pared, hecho de trozos desgajados de muro, como de cicatrices fundidas sobre concreto.

De regreso a casa, mi hija me dice que ahora quiere subirse a un bus “de los que se pagan con monedas”. Entonces tomamos un viejo colectivo. No podemos sentarnos juntas. La sigo con la mirada y noto su incomodidad. Hay música, ruido, mucha gente, fricción. El bus para y acelera. Huele a suciedad. Afuera ha comenzado a llover. Por suerte hemos traído un paraguas. Más que caminar, corremos hasta el edificio.

Me quedo pensando que los buses que tomamos parecerían pertenecer a realidades contradictorias. El de ida bien podría ser un transporte del primer mundo. El de regreso, del tercero. Nosotras tenemos el privilegio de elegir en cuál subirnos, pero la inmensa mayoría de quienes viven en este país no lo tienen. Es decir, el destino tanto como el trayecto no son una elección, son una condena.

El domingo veo la entrevista que le hizo María Jimena Duzán a Francisco de Roux sobre Buenaventura. Pienso entonces que habitamos realidades paralelas. Un país con coleccionistas de arte y museos de clase mundial, y otro donde los niños no van a la escuela hace un año y en cambio son reclutados por los grupos armados ilegales. Niños que deambulan entre lodazales con armas de treinta millones de pesos entre sus manos, en medio de barrios sin alcantarillado en donde hasta el costo de las empanadas lo determinan los terroristas. Recuerdo la frase final de De Roux: “¿Seremos tan hipócritas como para creer en Dios pero no creer en la gente? Pensar que somos capaces de tolerar estos niveles de miseria, de violencia y de inhumanidad me hace sentir vergüenza de ser colombiano”.

Entonces me pregunto: ¿cómo poner a dialogar ese país del bienestar con ese otro país que amanece cada día entre el hambre, los olores fétidos y el miedo a morir bajo una bala perdida? ¿Cómo completar ese viaje que necesitamos hacer para encontrarnos los unos con los otros, para mirarnos a los ojos y vernos al fin? Qué ironía pensar que el ‘distanciamiento social’ ha sido en Colombia estructural. Histórico. Somos islas. Habitamos en microcosmos que no solo no se tocan, se desconocen y se niegan.

MELBA ESCOBAR@melbaes

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