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Columna sin olfato

Columna sin olfato

El olfato está lejos de ser el inútil de la familia, como a menudo creemos.

20 de junio 2021 , 11:27 p. m.

Es que ni el olor a café. Perder el olfato se parece a ver el mundo a través de una pantalla. No huelen las flores, tampoco el queso rancio, el agua empozada, la canela ni el tomillo. Y ni hablar del coco, la piña o el ron, que sin olor no emborracha y si emborracha, te deja amargo como pepa de papaya. ¿Y qué decir del corozo? ¿La guanábana? ¿El tamarindo?

Siempre me gustó el mamey por lo perfumado, pero ya no sé si me guste sin su perfume a tierras tropicales. Me gustaba masajearme con aceite de almendras, sobre todo en los codos, rodillas y pantorrillas, pero ya el aceite no resbala como cuando el aroma lo deslizaba. Tampoco he vuelto a querer un pandebono, pues sin su olor no me transporto a mi infancia, no entro a la casa de la tía Melba en Santa Rita, en Cali, a dos cuadras del río, donde el aire estaba impregnado de olor a orín de gato, lulada y aborrajado.

Comerme una marranita, un chontaduro o un cholado siempre fue una invitación a la brisa de la tarde en la casa solariega, a las grietas de sus paredes, las estampitas de sus santos, el olor a sahumerio, a incienso, a ropa vieja, a naftalina en los armarios, a melado de caña, a fritanga dominical.

¿Y cómo iba a imaginar que al perder el olfato se me irían parte de mis recuerdos, alegrías y nostalgias? El gozo, la melancolía, el placer y el recuerdo entran por las fosas nasales, lo mismo que la memoria. Y esto sin mencionar el nada desdeñable sentido de supervivencia. ¿Porque cómo sin olfato adivinar la fuga de gas que amenaza con asfixiarnos? ¿Cómo saber que esa relación de pareja no es posible por el tufillo que emana de la piel de ese hombre con el que sales hace algunas semanas? ¿Y cómo adivinar que ese pedazo de jamón que lleva unos días en la nevera, aunque no haya expirado su fecha de vencimiento, te va a causar una indigestión porque su hedor te habla pero tú no lo escuchas?

Ahora que el mundo se parece tanto a una maqueta, cuando después de una caminata encuentro el cuerpo cansado y el sudor en la frente mientras veo astromelias, buganvilias, frailejones, ojos de poeta, matarredondas, hibiscos, orquídeas y ojos de tigre asomarse entre el monte, en tres dimensiones pero sin olor a nada, como si viera el paisaje a través de una pantalla, como si caminara mirando el camino a la laguna de Ubaque desde unos lentes simuladores de realidad. Mis botas, embarradas, mojadas, como mi pelo que gotea mientras me hundo en el barro, no son suficiente para respirar otro aire, para inhalar la emoción de la naturaleza, para sentirme viva como la orquídea que, salvaje, se cruza en mi camino. Mi hermana comenta: “Cómo extrañaba estos olores que me transportan a la infancia”, y recoge semillas, y olfatea hojas y flores mientras comenta que la lavanda huele a jabón, a miel la madreselva, a chimenea el eucalipto...

Por favor, no me malinterpreten. No soy una mujer malagradecida. Sé lo afortunada que soy de haber contraído el virus y tener la suerte de haberlo padecido apenas unas semanas y luego perder solo el olfato cuando tantos pierden tanto, incluso la vida. Pero sea esta la oportunidad para decir que el olfato está lejos de ser el inútil de la familia, como a menudo creemos. Permítanme decirles que no tenerlo es otra forma de ceguera, no tenerlo es otra forma de sordera. Sin gusto ni olfato, ya no vemos lo mismo, tampoco oímos de la misma manera y el tacto pasa a ser un gesto sin alma.

Ahora que escucho la lluvia, su silabeo musical, recuerdo con nostalgia el olor a yerba después de un aguacero. Hundo mi nariz en el jugo de naranja tres, cuatro veces, sin que la naranja cobre vida, sin que esa vida pase a latirme en la sangre con el vigor de antes. Ya ni pimienta, ni enebro, ni manzanilla, ni ajo ni naranja, ay, la naranja. Ya no me siento parte activa en la película de la vida, apenas otra espectadora que mira en la distancia y sin mayores emociones.

MELBA ESCOBAR
En Twitter: @melbaes

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