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Ángeles y demonios

Ángeles y demonios

Los seres humanos somos fluidos, multidimensionales, complejos.

05 de julio 2021 , 01:44 a. m.

Infantiles, altruistas, neuróticos, solidarios, egocéntricos, apasionados, narcisos, trascendentales, mundanos, indecisos, delirantes, caóticos, metódicos, afectuosos, indolentes, alegres, depresivos, violentos y tiernos, desmesurados y estables, creativos y destructores, amasijos de mito y ciencia, magia y filosofía, memoria y olvido, perdón y sed de venganza, luz y oscuridad, tormenta y calma, todo eso somos, todo eso hemos sido o seremos mañana.

Los seres humanos somos fluidos, multidimensionales, complejos. Y, sin embargo, solemos definir a los otros y a nosotros mismos como cadáveres en la morgue. Hechos cumplidos. Inmóviles, acabados, sin matices ni contradicciones. Cuando en realidad la vida viva está en constante movimiento. También nos referimos a los países como violentos a secas, a las personas como perdedoras o ganadoras, buenas o malas, a la especie humana como predadora sin más.

A veces siento con angustia que las supuestas herramientas tecnológicas al servicio de la gente nos están convirtiendo en sus instrumentos. Porque también el ser humano tiene esa dimensión de esclavo. Y es capaz de crear quimeras y artilugios para esclavizarse, como sucede con las redes sociales y los teléfonos móviles, artefactos que nos ofrecen toda clase de aplicaciones hechas para darnos instrucciones en torno a los temas más diversos: cuántos vasos de agua diarios hay que tomar, cuántos pasos caminamos, cuánto tiempo gastamos en esto o aquello, qué reuniones tenemos hoy y mañana, cuántas horas dormimos, etc.

Tan iluminados para usar la racionalidad y la ciencia, tan eficaces y competentes para ir vacunando a la humanidad frente a una pandemia, pero tan miopes para abrazar lo complejo. Aquello que está tejido en conjunto, la unión entre la unidad y la multiplicidad que encarna a la realidad y a nosotros mismos.

Sin la aceptación de la complejidad, la racionalidad no tiene más remedio que seguir andando mutilada. En palabras del sabio francés Edgar Morin, “conocer lo humano es principalmente situarlo en el universo y, al mismo tiempo, separarlo de él”. Sin duda tenemos una individualidad, somos más de lo uno que de lo otro, cada quien una tendencia, una inclinación, hasta un alma.

Pero eso es una cosa, y otra muy distinta, negar la mezcla de horror y belleza que nos habita, lo mucho o poco que tenemos todos y cada uno de ángeles y demonios, monstruos y dioses, a nivel individual y colectivo, el todo en cada una de las partes y cada una de las partes en ese todo múltiple, amplificado y diverso que a su vez es uno solo. Un solo cosmos donde el planeta es, si mucho, periférico, un cosmos que es un latido en cada uno de nosotros.

En ‘Los siete saberes necesarios para la educación del futuro’, el filósofo y sociólogo Morin despliega la idea de que una sociedad cada vez más especializada, donde cada uno se concentra en una parte de la hoja o la rama, está menos dispuesta a imaginar el árbol –y ni hablemos del bosque que lo rodea–. Buena parte de nuestros problemas como sociedad tienen sus raíces en la ruptura entre nuestros saberes divididos, afirma el pensador, nuestros problemas compartimentados, nuestra incapacidad de ver el todo en nuestra estrecha fracción de realidad.

Lo que nos hace realmente humanos, nos diferencia de las máquinas que hemos creado y la ciencia, que también sirve para salvarnos, es que más allá de exactitud y razón, somos también utopía y desvelo, sueño y deseo, tiniebla, mito, imaginación, desenfreno. Imaginar una educación que integre en lugar de dividir, que abrace los múltiples misterios de la especie humana, sus contradicciones entrelazadas e inseparables, nos llevaría a aceptar la entrañable complejidad que nos define, la incertidumbre como parte de nuestro destino natural como criaturas etéreas en tránsito por la Tierra.

MELBA ESCOBAR
En Twitter: @melbaes

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