Santos, al tablero

Santos, al tablero

Santos se acostumbró a pedir cuentas, pero no a rendirlas.

06 de diciembre 2020 , 12:31 a. m.

El expresidente Juan Manuel Santos aprovechó el cuarto aniversario de la firma de los acuerdos con las Farc para reaparecer. No lo hizo el nobel de paz con el tono conciliador a que lo obliga ese galardón, sino en plan camorrero. En entrevista con Yamid Amat para EL TIEMPO, y en un video promocional, atacó al gobierno de su sucesor, Iván Duque, quien, según Santos, poco ha hecho en el desarrollo de los acuerdos. “La paz –dijo en tono despectivo– sobrevivirá a los meses que le quedan a este gobierno”.

A Santos se le notan las ganas de hacer daño. Y no solo a Duque. Sus maniobras pueden causarle heridas al país: es el caso de la cizaña que metió en las relaciones entre Colombia y el presidente electo de Estados Unidos, Joe Biden. Santos solía quejarse del perjuicio que le causaban a Colombia los ataques que le hacía su antecesor, Álvaro Uribe. Y ahora él comete el mismo pecado.

Duque le contestó con humor al parodiar un viejo tango y decir que Santos sufre “la tristeza de haber sido y el dolor de ya no ser”. Aunque sería mejor que los expresidentes hicieran un uso más discreto de su retiro, pues ya reinaron en su tiempo, ninguno se resiste a la tentación de meter baza, casi siempre de manera venenosa. Y Santos, no obstante ser nobel de paz, ha resultado tan incendiario como los demás.

Si eso quiere, sería aconsejable que antes pasara al tablero a responder por algunos asuntos. El primero son los propios acuerdos. Siempre defendí la decisión que Santos tomó de iniciar negociaciones con las Farc, cuando esa guerrilla había sido tan duramente golpeada, tanto en lo militar como en lo político, en los años de Uribe: era el momento. Pero las negociaciones se alargaron y las Farc le notaron a Santos su afán por firmar, fuera como fuera, un acuerdo. Sacaron así grandes réditos, en especial en el capítulo de justicia, que ayuda más a los exguerrilleros que a las víctimas de sus crímenes.

Niño mimado de los salones bogotanos, Santos se acostumbró a pedir cuentas, pero no a rendirlas

Las críticas de Santos a Duque por el manejo de los acuerdos me hacen pensar en alguien que organiza una fiesta, invita a miles, sirve millones de pesos en trago y comida, causa destrozos en el local, y a la madrugada se va sin cancelar la cuenta. Y al que llega a hacerse cargo –en este caso, Duque– lo critica porque no paga la factura. Claro que los acuerdos desmovilizaron a miles de guerrilleros, y ese es su indiscutible lado bueno. Pero el festín para lograrlo salió bastante caro: decenas de billones de pesos en cuentas por pagar por muchos años.

Los ríos de leche y miel prometidos a campesinos y víctimas carecen de financiación, y Santos siempre lo supo. Para no hablar de los miles de millones en contratos del Fondo de Paz, robados en los meses finales de su gobierno. O de cómo las Farc, con su fortuna oculta en el exterior, les ponen conejo a las víctimas con su parte de la factura. Los cultivos de coca se dispararon porque Santos suspendió la aspersión aérea sin tener un plan B, y esa coca causa ahora la mayoría de las muertes de excombatientes. Dado lo anterior, criticar a Duque por el manejo de los acuerdos suena a cinismo y desvergüenza.

Niño mimado de los salones bogotanos, Santos se acostumbró a pedir cuentas, pero no a rendirlas. Un buen ejemplo son los ‘falsos positivos’, esos horrendos homicidios cometidos por personal del Ejército de 2006 a 2008, cuando Santos era mindefensa. Por esos crímenes les han pedido cuentas al jefe de Santos (Uribe) y a los generales subalternos de Santos. ¡Pero no a Santos! Tampoco ha rendido cuentas por los vínculos con Odebrecht de su gerente de campaña y de sus aliados los ‘Ñoños’. Ni siquiera por el caso del almirante Gabriel Arango Bacci, perseguido desde el Mindefensa en tiempos de Santos, por un falso caso de narcotráfico, y cuya indemnización nos costará millones.

MAURICIO VARGAS
​mvargaslina@hotmail.com

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