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Para mal

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La ley no es para todos: nada les pasa a los que incumplen el acuerdo, ni siquiera a ‘Santrich’.

09 de agosto 2020 , 12:58 a. m.

Me aburre escribir la columna de hoy. Lo único bueno de la pandemia había sido una cierta tregua en la crispación política, esa furia que hierve el cerebro de muchos colombianos y afecta su capacidad de valorar con ponderación y de juzgar con equilibrio. Pero la detención domiciliaria preventiva (el juicio aún no comienza) contra el expresidente Álvaro Uribe me obliga a una pausa –espero que solo por esta vez– tras 20 columnas continuas sobre la crisis del covid-19, que ha golpeado a casi todos los hogares, a miles con enfermedad y muerte, a millones en el bolsillo, como casi nada antes en la historia del país.

El peso de Uribe es indiscutible. De nueve votaciones nacionales este siglo, ganó ocho: dos con su nombre (presidenciales de 2002 y 2006, sin necesidad de segunda vuelta), cinco con un ahijado suyo (las dos vueltas de 2010, con Juan Manuel Santos; la primera vuelta de 2014, con Óscar Iván Zuluaga, y las dos vueltas de 2018, con Iván Duque) y el plebiscito de 2016, cuando lideró el ‘No’ al acuerdo con las Farc. Solo perdió la segunda vuelta de 2014, ganada por Santos, ya distanciado de su otrora padrino.

Uribe despierta pasiones: un tercio lo odia, otro tercio lo idolatra, y así es casi imposible una valoración equilibrada que reconozca pros y contras. En su doble mandato le devolvió a Colombia su viabilidad al derrotar a las Farc y dejarlas tan débiles que no les quedaba más que negociar su desmonte. En esos ocho años, el desempleo bajó del 17 al 11 %, y el país llegó a crecer hasta el 7 % anual, algo no visto en décadas. Ayudaron los altos precios del petróleo, pero mucho más los golpes a las Farc, que devolvieron la confianza a la inversión privada.

Se equivocó al buscar un tercer mandato y, luego, al seguir en la política activa, sin entender que lo mejor de su tiempo era pasado. A veces se rodeó mal, de gente poco recomendable, aunque eso se puede predicar de casi todos los mandatarios. Mucho se ha hablado de sus vínculos con los paramilitares. Pero a los doce cabecillas más importantes de esos grupos, Uribe los despachó en un avión de la DEA a las cárceles de Estados Unidos: ninguno ha declarado contra el expresidente, no obstante lo mucho que los han instado.

Uribe está señalado por los ‘falsos positivos’ que ocurrieron bajo su gobierno, y sin duda le cabe responsabilidad política. Pero la prueba del doble rasero en boga en el país es que a su mindefensa de entonces, Juan Manuel Santos, superior directo de los responsables de esos crímenes, casi nadie le pasa esa factura.

Su mayor error lo paga hoy: haber denunciado ante la Corte Suprema al senador del Polo Iván Cepeda, porque ofrecía prebendas a testigos que involucrasen a Uribe con los ‘paras’. Grave equivocación del expresidente, cuando el árbitro es un tribunal plagado de magistrados que lo detestan: la denuncia se volteó contra él, y sus abogados terminaron acusados de ofrecer prebendas a testigos.

Tengo muchas dudas sobre las pruebas y los testimonios recogidos en el proceso. Pero más me impacta la película que estamos viendo: algunos secuestradores, masacradores y narcos de las Farc están en el Congreso, sin haber siquiera reconocido sus crímenes ni resarcido a sus víctimas, como les ordenaba el acuerdo de paz. Y Uribe está privado de su libertad. No es cierto que la ley sea para todos: nada les ha pasado a los ex-Farc que incumplen el acuerdo (que es ley), nada le pasó a ‘Santrich’ aunque la Corte Suprema tuvo en sus manos procesarlo.

¿Qué será de Uribe? Es posible que esto lo entierre, pero también es posible que un sector de opinión que se había cansado de él lo vea ahora como víctima y se solidarice con él. Quién sabe si reviva, pero la crispación, recargada de odio, sí que lo hizo esta semana. Y para mal.

MAURICIO VARGAS
mvargaslina@hotmail.com

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