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La fiesta del odio

La fiesta del odio

El caos suele pavimentar el camino a la dictadura, de izquierda o de derecha, a la hecatombe.

08 de mayo 2021 , 10:52 p. m.

Dicho está que la reforma tributaria propuesta por el ahora exministro de Hacienda Alberto Carrasquilla le echó gasolina a la candela de un país harto de la pandemia y sus restricciones, de la corrupción, del aumento de la pobreza y de tantas cosas que andan mal. Dicho está, también, que el legítimo derecho a la protesta ejercido por miles y miles, en su mayoría jóvenes, se encontró en ocasiones con una respuesta excesiva de la Fuerza Pública y, por aterrador que parezca, de algunos civiles armados. Y además, dicho está que esa protesta derivó muchísimas veces en un vandalismo criminal fríamente organizado por milicias terroristas y bandas urbanas del narcotráfico que se alimentan del caos y, lo que es peor, ¡justificado por algunos periodistas y opinadores!

¿De dónde ha salido tanto odio? El martes, el exministro Juan Carlos Echeverry apuntó al blanco en una columna en estas páginas: “Pareciera como si cada uno de nosotros hubiera encontrado una buena razón para odiar a alguien (...). Los izquierdistas se llenaron de razones para odiar a Álvaro Uribe. Los uribistas, a su turno, se llenaron de razones para odiar a Juan Manuel Santos. Los santistas se llenaron de razones para sumarse al odio a Uribe de los izquierdistas. Ahora, una mayoría parece llena de razones para odiar a Iván Duque”.

“El odio ofusca el pensamiento –explica–. Una vez anida en el corazón, es difícil desarraigarlo...”. Me gustó el texto de Echeverry, muy oportuno. Y yo le agrego: ¿cuánta culpa tienen en esa orgía de odio los líderes políticos y de opinión? Basta leer los trinos de Gustavo Petro y sus seguidores, o de Álvaro Uribe y los suyos; las entrevistas de expresidentes como César Gaviria (otrora sabios de la tribu y hoy meros alimentadores del incendio) y los dichos de congresistas de ambos bando; o escuchar en la radio matinal la rabiosa agresividad de muchos de quienes preguntan y opinan; o repasar las redes sociales, donde tantos ponen su grano de pólvora para que la conflagración se extienda, incluida esa moda de la bandera de Colombia patas arriba, como si hacerlo (poner al país de cabeza) no fuera una invitación subliminal al anarquismo.

Muchos aportan al estallido. Los líderes del paro demoran su llegada a la mesa para que en vez del arranque del diálogo prospere el despelote violento. La derecha le exige al Presidente que decrete la conmoción interior y saque el Ejército a la calle, como si el Ejército supiera de antidisturbios y no de lo que sabe: dispararles a quienes lo ataquen por la fuerza. La izquierda, que hace dos semanas decía que para evitar el paro y las marchas bastaba con retirar la tributaria, apenas el Presidente la retiró, promovió más paro y más marchas, con su generosa ñapa de vandalismo terrorista. Y entre tanto, muchos periodistas, de izquierda –la mayoría– o de derecha –que también hay–, narran, delirantes, la batalla campal, mientras crucifican a unos o a otros.

Cuando despertemos de esta horrible noche, con la resaca por haber consumido tanto odio en las rocas, veremos que un populista irresponsable (lo mismo Petro que un Bolsonaro local, o el terrible Bukele de El Salvador) ha ganado las elecciones disfrazado de mesías. Y entonces, como ocurre en Venezuela, la pobreza no subirá al 42 % –como acá–, sino más arriba del 80 %, y el periodismo libre habrá desaparecido. O, como ocurre en Brasil, un mandatario ignorante negará la pandemia y matará con ello a cientos de miles. O, como pasa en ambos países, la corrupción alcanzará niveles nunca vistos, enriqueciendo a los amigos del mesías. Porque, es bueno recordarlo, el caos suele pavimentar el camino a las dictaduras, de izquierda o de derecha, a los falsos salvadores que nos llevan al infierno, a la hecatombe. ¿Es ese el país que queremos?

MAURICIO VARGAS
mvargaslina@hotmail.com

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