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La angustia juvenil

La angustia juvenil

Millones de jóvenes pasan de la ilusión al desespero: estudian, pero saben que no hallarán empleo.

15 de mayo 2021 , 10:15 p. m.

“Hay que estudiar / hay que estudiar / el que no estudia es policía nacional”, coreaba el miércoles una columna de jóvenes en Barranquilla, en el marco de las protestas –unas pacíficas, otras vandálicas– que tienen semiparalizado al país. Aparte del repudiable contenido de desprecio por los hombres de la Fuerza Pública, el estribillo apunta a la pepa del drama y de las contradicciones que enfrentan millones de jóvenes de las clases media y popular, y que explican buena parte del levantamiento.

Las cifras ayudan a entender. A inicios de los 90, apenas 8 de cada 100 bachilleres accedían a la universidad o a un centro de formación técnica. Para el año 2000, el país había avanzado en ese campo: 22 % de los jóvenes de entre 17 y 21 años estudiaban una carrera técnica o profesional. Para 2015, y en buena medida por el crecimiento del Sena, más del 48 % de esos jóvenes estaban matriculados en un centro de estudios superiores –de mayor o menor calidad–; dos tercios, en una carrera profesional, y un tercio, en una técnica.

Fue un salto enorme: en 25 años, el país pasó de llevar una ínfima parte de sus bachilleres a cursar una carrera a llevar a cerca de la mitad. Hasta una cuarta parte se ve obligada a desertar y no termina sus estudios. Aun así, se trata de una mejora significativa. Para lograrlo, millones de hogares pobres hacen esfuerzos descomunales, con la esperanza de ver a sus hijos formados en una carrera que les permita dar a sus vidas un salto de calidad. No solo implica gastos en matrículas (45 % está en universidades privadas), libros, transporte y demás, sino que el joven no aporte ingresos que le caerían muy bien al hogar.

El sueño tuvo un duro despertar. Mientras el país avanzaba en la formación superior de su juventud, el aparato productivo fue incapaz de absorber a ese ejército de profesionales y técnicos que salían a buscar trabajo, muchas veces con una carrera que no tenía demanda. El desempleo juvenil comenzó a subir desde mediados de la década pasada: en 2016 pasaba del 18 %, superó el 20 % antes de la pandemia, y tras la primera cuarentena general del año pasado rozó el 30 %. Eso sin contar que, entre quienes trabajan, más de la mitad lo hace en la informalidad. Con las diferencias del caso, esto mismo ha ocurrido en Europa –que por décadas ha sufrido altas tasas de desempleo juvenil– y, en nuestra región, en países como Chile.

Por este camino, millones de jóvenes colombianos han pasado de la ilusión a la desesperanza y la angustia. Y como reciben grandes cantidades de información vía las redes sociales (donde conviven, sin distingo, las noticias serias y veraces con la manipulación y las mentiras), el resultado es lo que estamos viviendo: de la explicable desilusión, la juventud pasó a la indignación, justificada por fenómenos como la corrupción, pero incendiada por las ‘fake news’.

A diferencia de lo que ocurría en el pasado, las marchas no son protagonizadas por sindicalistas, sino sobre todo por estudiantes que no saben qué será de sus vidas cuando se gradúen, y por jóvenes que se graduaron o desertaron de sus estudios superiores y están desempleados. “Hay que estudiar, hay que estudiar”, corean, pero lo que temen es no conseguir trabajo. Como reveló el viernes una encuesta de C&C, la Universidad del Rosario, EL TIEMPO y Caracol Radio, más que oportunidades de estudio, un alto porcentaje de los jóvenes piden un empleo.

Mientras la economía no vuelva a crecer a buen ritmo –algo muy difícil por ahora–, y mientras ese crecimiento no vaya acompañado por programas específicos para estimular el empleo entre los jóvenes –así como recursos para el emprendimiento de pequeños negocios–, las protestas que estamos viviendo seguirán siendo pan de cada día. En este gobierno y en el que venga.

MAURICIO VARGAS
mvargaslina@hotmail.com

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