Igual pero distinto

Igual pero distinto

El 21 veremos qué tan hondo es el descontento y qué tanto lo aprovechan los incendiarios.

16 de noviembre 2019 , 11:06 p.m.

El país anda dividido entre quienes miran con ilusión rebelde el paro de este jueves y quienes lo esperan con terror. Lo ocurrido en Ecuador y luego, de modo imprevisto, en Chile, la nación más estable de la región en estos 30 años, es visto como precedente esperanzador por millones de inconformes, entre ellos muchos jóvenes, pero también como una oportunidad desestabilizadora por sectores radicales. Y esto último asusta.

No es fácil predecir qué va a ocurrir, pero si comparamos la situación nacional con la que precedió los levantamientos de Ecuador y Chile, hubo allá decisiones gubernamentales específicas muy impopulares, que sirvieron de chispa al estallido. En Ecuador, el Gobierno anunció un alza –represada por años– de hasta 123 % en los combustibles, y en Chile fue decretado un aumento en el transporte público, uno de varios por los cuales el precio del pasaje del metro de Santiago se duplicó en una década.

En Colombia, los motivos del paro no son decisiones sino supuestos anuncios de una reforma laboral que, entre otras cosas, permitiría que los jóvenes sin experiencia fueran contratados por menos del salario mínimo, y una ley de pensiones que dizque aumentaría la edad de jubilación. Durante varias semanas, el presidente Iván Duque ha rechazado ambas iniciativas y ha recalcado que no está de acuerdo con ellas. La ministra del Trabajo, Alicia Arango, ha aclarado que ninguna determinación será adoptada sin una previa concertación con gremios y sindicatos.

Una cosa es una decisión tomada y otra muy distinta, una especulación de la oposición desmentida por el Gobierno. Aun así, en la era de las noticias falsas que se vuelven verdades virtuales gracias al uso masivo de redes sociales por sectores políticos que las aprovechan de modo tan mendaz como eficiente, todo puede ocurrir. Esas herramientas las puede usar cualquiera con algo de músculo digital, como lo demuestra a diario Donald Trump.

Prueba de ello es que, a pesar de los señalamientos contra el izquierdista Foro de São Paulo por estar detrás de estas movilizaciones en la región, hasta ahora, el único gobierno que se cayó es el de Evo Morales, en Bolivia, que más cercano no podía ser al dichoso Foro. Claro que Evo olvidó que robarse unas elecciones puede alebrestar a millones.

El mundo altamente intercomunicado en el que vivimos –la aldea global que predijo hace décadas Marshall McLuhan– hace que hoy, mucha más gente pueda ver oportunidades, bienes y servicios que están o parecen estar al alcance. Para cientos de millones de seres humanos cuyos núcleos familiares dejaron la pobreza marginal para ascender a un estrato precario de la clase media, hoy hay muchos más bienes y servicios a la vista. Pero eso no garantiza que cualquiera pueda pagarlos ni que cuando los tenga sean de buena calidad.

Y en esa distancia entre aspiración y realidad anida y crece el descontento. Si una familia pobre carece de los más elementales servicios de salud, no puede quejarse de la calidad de la salud: al no tenerla no sabe qué calidad tiene. Pero cuando adquiere esos servicios, exige –con toda la razón y con todo el derecho– que sean buenos. Así progresa la humanidad.

Otra cosa es el aprovechamiento burdo del descontento. Esta semana, cuando el exalcalde Gustavo Petro hizo un llamado a las barras de los equipos de fútbol para acompañar el paro del jueves, se puso en evidencia: hemos aprendido con sangre cómo se comportan a veces esas barras. ¿Será que Petro dejó las armas pero todavía se siente tentado por la violencia? El 21 veremos qué tan profundo es el descontento, pero también qué tanto lo aprovechan estos sectores incendiarios, de izquierda y algunos de derecha, como el del muy amenazante Jaime Restrepo, autodenominado ‘El Patriota’.

MAURICIO VARGAS
mvargaslina@hotmail.com

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