El partido que marcha

El partido que marcha

¿Puede el 1 % de los votantes imponer la agenda de reformas que necesita Colombia?

01 de diciembre 2019 , 02:24 a.m.

Con la ciega insensatez que caracteriza los sectores más anacrónicos de la derecha, sus voceros le han reclamado al presidente Iván Duque que saque el Ejército a las calles y reprima de manera violenta las manifestaciones de estos días, y que si no es capaz de amarrarse los pantalones –esa manida frase machista–, que se aparte del cargo. Es verdad que Duque no se luce en materia de liderazgo y que tiene dificultades grandes para comunicar su mensaje, pero de ahí a que deba hacerles caso a las cabezas calientes del ala extrema de su partido, el Centro Democrático, hay mucho trecho.

Hace bien el mandatario en manejar la situación con paciencia y buen pulso: de lo contrario, el país podría incendiarse de verdad, como lo desean los más radicales y violentos. Es un milagro que, con la agresividad demostrada por los vándalos que han acompañado las marchas, la única víctima mortal que lamentar entre los protestantes haya sido el joven Dilan Cruz. Y digo entre los marchantes porque del lado de la Fuerza Pública hay cientos de heridos, entre ellos un muchacho samario, el agente de Policía Walfran Narváez, que perdió un ojo al ser atacado por encapuchados en Bogotá. “Festejaron como si fuera un gol”, narró a ‘El Heraldo’ el agente, sobre la actitud de sus atacantes tras lanzarle una piedra que le cayó cerca del rostro.

El desenfoque es la enfermedad de estos días. Los medios han hablado una y otra vez de paro nacional, cuando en los diez días que lleva la ola de protestas no han parado las fábricas, y el comercio solo ha cerrado algunas horas para evitar los saqueos y el ataque a sus vitrinas. Tampoco dejaron de asistir a sus puestos los oficinistas, ni los bancarios ni los empleados públicos. Por el contrario, despertaba solidaridad su empeño en ir y volver del trabajo, que se traducía en horas y horas de caminata, sobre todo en Bogotá los días en que el terror encapuchado logró colapsar TransMilenio. Recuerdo paros de verdad, como el de 1977, en tiempos de Alfonso López Michelsen, cuando, por tres días, millones dejaron de ir a trabajar y en las calles no se movía una hoja.

Desenfoques hay para escoger. Acostumbrado a moverse sobre las aguas turbulentas con tibia ligereza, el excandidato Sergio Fajardo le pidió al Presidente “soluciones rápidas porque de lo contrario la calle seguirá hablando”. Muy bonito, casi poético, pero errado porque para estas situaciones (fruto de años de acumulación de descontento, pero también de calculadas provocaciones) no hay soluciones fáciles, ni mucho menos inmediatas. Cuán poco sabe Fajardo del manejo del Estado: claro, gobernó Medellín con grandes inversiones, gracias a la generosa chequera de EPM. El país es otra cosa.

Pero además, ¿qué es eso de “la calle”? Veamos: en el momento más significativo de las marchas protestaron unas 300.000 personas, algo así como el uno por ciento de los colombianos habilitados para votar. Si todos ellos sufragasen por el mismo partido, llamémoslo el ‘Partido de las marchas’, no alcanzarían el umbral electoral que exige la ley para obtener personería de partido. Sacarían menos votos que los cristianos del Mira o los derechistas de Opción Ciudadana. ¿Puede tan ajustada minoría imponer la agenda de reformas que necesita Colombia? Sería terriblemente antidemocrático que así ocurriera.

Para terminar, aparte de las víctimas, como Dilan, decenas de protestantes heridos y cientos de agentes de la Fuerza Pública lesionados, quien ha quedado muy maltrecho es Gustavo Petro. Muchos estudiantes inmersos en las protestas han rechazado que el exalcalde haya querido adueñarse de ellas, y los sindicatos le han dicho en la cara que no los representa. Mejor dicho: solo le quedan la tristemente célebre Epa Colombia y el resto del ejército de vándalos.

MAURICIO VARGAS
mvargaslina@hotmail.com

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