De Álvaro a Álvaro

De Álvaro a Álvaro

Nada aprende de su pasado un país que juzga a sus líderes sin matices, en blanco y negro.

12 de octubre 2019 , 11:02 p.m.

Devoré esta semana uno de los mejores libros editados en Colombia en estos años: ‘Álvaro, su vida y su siglo’, de Juan Esteban Constaín, una provocadora biografía de Álvaro Gómez Hurtado y, de paso, un gran relato sobre la pasada centuria. Tan lejos de la crítica maniquea de tanto historiador mediocre, como del panegírico de quienes quisieron endiosarlo, es una reflexión descarnada sobre el dirigente conservador asesinado en 1995, durante el gobierno de Ernesto Samper. Un crimen de Estado, asegura su familia.

Por décadas, la figura de Gómez dividió al país, aunque de manera desigual: los más le colgaron el inri de gran promotor de la violencia entre liberales y conservadores que marcó el siglo XX, los menos lo endiosaron como el defensor puro e incorruptible de la doctrina conservadora.

La verdad no la tenían los unos ni los otros. Estaba –como suele ocurrir– en algún lugar intermedio, con las virtudes de un agudo pensador que no temía defender ideas impopulares, y con los excesos del provocador que sin duda alimentó la Violencia, algo que le achacaron mucho más a él que a otros culpables –los López, los Santos y los Lleras–, pues con ellos y con sus pecados, los historiadores, liberales casi todos, fueron muchísimo más benévolos.

Todo buen libro sobre el pasado ilumina el presente. Y en eso, el de Constaín acierta. A Gómez –como a su padre, al ‘Monstruo’ Laureano– lo odiaban o lo amaban, y como eran más los que lo odiaban, perdió tres elecciones y nunca llegó a presidente. Esa es la clave de todo en un país donde más que opinión pública hay hinchas, como repetía Gabriel García Márquez.

Ahí está la lección. La gente –desde la infancia– aprende a amar o a odiar a Bolívar, a Santander, a Núñez, a Gaitán, a los López, a los Santos, a los Lleras, a los Pastrana, a Samper y, mucho, muchísimo, a Álvaro Uribe. Nunca a estudiarlos como lo que son: complejas figuras llenas de virtudes y defectos, que arreglaron entuertos y crearon otros –unos más acertados, otros menos, sin duda– pero ninguno perfectamente bueno. O malo.

Mientras leía a Constaín se sucedían las manifestaciones de las barras bravas a favor y en contra de Uribe: sus adoradores y sus odiadores, los que lo consideran el gran salvador de Colombia y los que no lo bajan de paraco y asesino, en momentos en que el expresidente asistía a una indagatoria en la Sala Penal de la Corte, la misma que semanas atrás había dejado libre a ‘Santrich’, pero ese es otro asunto. O el mismo, pues la justicia, la falta de ella, fue una de las principales obsesiones de Álvaro Gómez.

A la vista, en esos mítines de idólatras y satanizadores de Uribe, estaba la prueba palpable de ese mal que tanto daño le ha hecho a Colombia y que es, en últimas, sobre lo que versa –entre muchas otras reflexiones– el libro de Constaín: un país que nada aprende de su pasado porque siempre juzga a sus protagonistas en blanco y negro, y mientras a unos los culpa de una tragedia, a otros los exonera alegremente, como en el caso criminal de los ‘falsos positivos’, del que muchos responsabilizan a Uribe (que era el Presidente) mientras salvan a Juan Manuel Santos (que era el ministro de Defensa). Ejemplos como ese abundan.

Y así con todo, doble rasero, doble moral. Ni Gómez fue un prócer intachable ni fue el gran motor de la violencia. Ni Uribe fue un masacrador ni fue el mesías. Para saber bien del primero, léanse el libro. En cuanto a Uribe, el juicio de la historia apenas empieza: causó la derrota militar de las Farc, y con ello le devolvió viabilidad al país e hizo posible lo que vino luego, el proceso de paz de Santos. Pero se equivocó –y se sigue equivocando– en su empeño de querer perpetuarse. En fin, lean a Constaín y empecemos a dejar de ser hinchas.

MAURICIO VARGAS
mvargaslina@hotmail.com

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