Lloran las lagunas

Lloran las lagunas

Por causa de los poderosos vemos morir la laguna de Fúquene, santuario de los muiscas.

17 de noviembre 2020 , 12:02 a. m.

Las lagunas, consideradas sagradas por los ancestrales habitantes de estas tierras, son hoy en día despreciadas por los actuales. Vivimos por estos días las desgracias que amenazan de muerte a Tota por causa del plomo que vierten los cebolleros enlagunados por la borrachera de su codicia. Una desgracia que pronto será acompañada por la desecación de la laguna de Fúquene.

Ubicada entre los departamentos de Cundinamarca y Boyacá, a apenas 80 kilómetros de Bogotá, a 2.540 metros de altitud, vemos morir sin llanto este cuerpo de agua dulce, santuario de los muiscas donde, según la leyenda, permanece Fu, el dios tutelar de estas aguas.

Numerosas familias de pescadores y artesanos dedicados a la fabricación de cestas dependen directamente de la laguna. El volumen de agua de esta descendió un metro entre la década de 1970 y la primera década del siglo XXI (valga agregar que en el siglo XVI su área era de 25.000 hectáreas y tenía una profundidad de 20 m y ahora apenas son 3.000 ha y 2 m). Y, debido principalmente a la extracción indiscriminada de agua para el regadío, el agua que se pierde la vienen ganando los propietarios de tierras a través de la eutrofización (proceso de contaminación más importante de las aguas en lagos, balsas, ríos, embalses, etc. Esto lo provoca el exceso de nutrientes en el agua, principalmente nitrógeno y fósforo, procedentes mayoritariamente de la actividad del hombre). Proceso que viene siendo continuado y promovido por los codiciosos de tierras; a través, entre otras, de la propagación del jacinto de agua.

Además, unas 6.700 toneladas de sedimentos se depositan cada año en el antiguo santuario muisca. La laguna es (¿era?) alimentada por el río Susa y desalimentada por el río Suárez. Pero desde que la CAR construyó el Canal Perimetral para delimitar la laguna, con muy buenas intenciones, los ríos no pueden llegar a su natural destino.

Paso a paso, lenta y concienzudamente, los propietarios de fincas y haciendas construyen jarillones y terraplenes sobre los pantanos y le roban terreno a la laguna.

Lo de Tota es gravísimo; lo de Fúquene, lamentable. Y ahí seguimos en el bárbaro camino elegido por los poderosos. La codicia por la tierra, la ganadería y la respectiva deforestación, la hotelería irresponsable, la palma africana creciendo y mientras tanto, la de cera muere. Tragedias ambientales con invaluables costos.

MAURICIO POMBO

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