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La tibieza

La tibieza

No veo por qué la tibieza deba ser peyorativizada. Ni Petro ni el que diga Uribe.

06 de septiembre 2021 , 08:00 p. m.

Facho, mamerto y tibio son tres palabras y, lejos de ser conceptos, son tres calificativos vacíos que pretenden abarcar la política nacional. Con facho se conglomera a toda la derecha (llena de matices) y proviene de fascismo, aquel movimiento iniciado por Benito Mussolini.

Mamerto tiene un origen totalmente local. En mis tiempos de estudiante, la izquierda se dividía, como siempre, en diversas modalidades: los trotskistas, doctrina política basada en el pensamiento de Trotski (político soviético revolucionario, 1879-1940) que se caracterizó por un marxismo marcado por la defensa de la teoría de la revolución permanente. Los del Moir, amigos de la versión china, y los mamertos, aquellos que simpatizaban con la línea Moscú.

Hay varias versiones sobre el origen del nombre. Me quedo con aquella que sugiere que varios de sus fundadores tenían nombres terminados en berto, como Gilberto Vieira, y otros cuyos nombres no recuerdo. La otra teoría es que mamaban de la teta soviética. Es igual, se trata de un término muy nuestro, difícil de traducir –incluso para otros hispanohablantes–.

Ahora, como novedad, apareció la palabreja ‘tibio’, que pretende despotricar de quienes no toman posición por ninguno de los ya mencionados. Tibio se convirtió en la más moderna forma de agresión política. Me declaro tibio, pues desconfío del mesías Petro, y ni mencionar al inmencionable, quizás lo peor que le ha ocurrido a Colombia en las últimas décadas.

Me gustan los huevos tibios y me agrada el agua tibia en tierra caliente. No veo por qué la tibieza deba ser peyorativizada. Ni Petro ni el que diga Uribe. Soy tibio.

Voto por cualquiera ideológicamente emparentado con Petro, excepto por él mismo. Ya he escrito varias columnas en las que explico mis razones para descreer de él, y lo resumo con el siguiente párrafo de Javier Cercas en su novela El impostor:

“... Por supuesto, el narcisismo no es una forma de locura; es, más bien, un trastorno de la personalidad, una simple anomalía psicológica. Se caracteriza por la fe ciega y sin motivo en la propia grandeza, por la necesidad compulsiva de admiración y por la falta de empatía. El narcisista posee un sentido exagerado de la propia importancia...”.

No creo en mesías ni guías (Führer, en alemán), y tampoco creo en Dios.

MAURICIO POMBO

(Lea todas las columnas de Mauricio Pombo en EL TIEMPO, aquí)

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