SOS por el tiburón

SOS por el tiburón

Al tiburón, rey de los mares, solo puede derrotarlo la intromisión violenta de la economía pesquera.

06 de noviembre 2019 , 07:21 p.m.

Ni 400 millones de años de evolución ni ser el eslabón más alto de la cadena alimenticia marina protegen al tiburón contra la voracidad comercial del hombre, y –a no dudarlo– de no intervenir de forma clara y contundente, sería pronto otra especie extinguida, y con ello se romperá sin reversa la armonía de los mares. Continuar la prohibición de su pesca industrial, del ‘aleteo’, desincentivar su comercio e industrias derivadas y convertirlo en derrotero principal de la Armada Nacional como vigilante de los mares es fundamental para un gobierno que está cumpliendo su promesa de ser conservacionista.

Hace algunos años tuve el privilegio de ver en Malpelo un cardumen de tiburones verdosos, brillantes, que encontramos a poca profundidad. No había menos de 3.000 allí. Al miedo inicial le siguió la más rendida admiración por la perfección de sus movimientos, el nado rectilíneo que los distingue y su velocidad abrumadora. Aún no salgo del estupor que me causó saber que días después, un pesquero extranjero arrasó con redes ese cardumen y que, ‘aleteados’, fueron arrojados moribundos por la borda, como desechos. Y saber que esa práctica no cesa.

Si el tiburón no está en movimiento, se ahogaría porque su aparato respiratorio demanda corriente de aire continua, y eso los hace indefensos contra las redes de nailon que tienden hasta por 30 millas los pesqueros para recoger lo que caiga. Y se estima que esa práctica mata unos 70 millones al año y los pone rumbo a la extinción, pues, además, su reproducción es muy frágil.

Fomentar el buceo con tiburones es infinitamente más rentable, ecológico y consecuente que fijar cualquier cuota para sus aletas

El apetito por sus aletas, como el de los cuernos de los elefantes, es la principal amenaza, y su tráfico es similar: comprarlo al pescador artesanal o sacarlo masivamente con redes cuesta centavos, pero su sopa en un restaurante asiático llega a los 500 dólares, y así, tampoco hay cómo detener ese tráfico una vez se establece. Del tiburón se pierde el 95 por ciento; su carne no es apetecida en Colombia, donde se prefiere el pescado de carne blanca, pargo, mero, cherna, pero tiburón, salvo contadas excepciones regionales, poco y nada.

La resolución 350 de 2019, en principio, no rompe el lineamiento conservacionista, pero su pésima difusión generó confusión y da pie para abogar por los escualos. Primero se anunció como cupo para empresas pesqueras; después, como regulación para artesanales; luego, que no, y ahora lo que corresponde es alinearla con una política de prudencia y conservación hacia el mar, si no por otra razón, por una de rentabilidad, que es el trasfondo del debate para algunos: la aleta se consume una única vez, pero son el intermediario y el chef asiático quienes reciben la utilidad real, son ellos los tiburones de esa cadena en la que el pescador artesanal es el pez chico.

Mientras tanto, un tiburón con las aletas puestas se deja ver miles de veces, y no hay buceo en el mundo más demandado ni más rentable que el de verlos en el esplendor de su hábitat. Y pocas cosas enseñan más del respeto al mar que sentir el orden que gobierna las profundidades donde ellos reinan. Providencia, por ejemplo, tiene ahora cardúmenes de tiburón gris, tigre de arena (amenazado), martillo, y verlos es absolutamente sobrecogedor. Miles de extranjeros pagan por bucear y sentir la profundidad del mar. Ese ingreso recurrente se queda en los isleños, que a su vez saben que deben cuidar el ecosistema del cual viven.

Fomentar el buceo con tiburones es infinitamente más rentable, ecológico y consecuente que fijar cualquier cuota para sus aletas. Al tiburón, rey de los mares, solo puede derrotarlo la intromisión violenta de la economía pesquera, por quienes no hacemos parte de ese mundo perfecto, pero con una política de turismo bien conducida pueden generar nuevas fuentes de ingreso significativas en ambas costas y los magníficos territorios insulares con que contamos.

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