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Una experiencia sensorial única e irrepetible

Una experiencia sensorial única e irrepetible

Memoria’ y los fantasmas de Tailandia trasladados a Colombia.

17 de septiembre 2021 , 08:00 p. m.

Admirado entre los cinéfilos resueltamente contemplativos y observadores por abanderar una especie de iluminismo budista, entre experimental y simbólico, el director y guionista Apichatpong Weerasethakul (Bangkok, 1970) se distingue por trascender aquellos misterios de raíces legendarias o tradiciones fantásticas que puedan afectar nuestras vidas; sorprende aún más si sabemos que provienen del distante país asiático donde hasta hace poco había filmado una media docena de largometrajes de culto. Así como lo concibió el recientemente fallecido maestro surcoreano Kim Ki-duk, su cine abre las puertas del subconsciente para arrojarnos a dimensiones inimaginables en donde la misma existencia del ser es una incógnita.

(Lea además: De regreso al terruño y en tiempos del fascismo)

Ver, escuchar, sentir y pensar. He aquí una de las claves para entender y apreciar un arte particularmente alegórico e intimista que no se hizo para entretener, pero sí para penetrar en el mundo insospechado del subconsciente y los múltiples enigmas sobrenaturales o metafísicos. Porque “todo lo que somos es el resultado de lo que pensamos y sentimos” —enseña Siddharta Gautama—, para enseguida exponer los ciclos de ciertas vidas iluminadas: nacimiento, madurez, renuncia, búsqueda, despertar, liberación, enseñanza y… muerte.

Vamos, entonces, a lo que veremos: Memoria (Colombia-Tailandia-Francia-Reino Unido-México-Catar, 2020). Filmada íntegramente en nuestro país (Bogotá, Cali, Medellín y el municipio cafetero de Pijao), gracias a los contactos internacionales y el emprendimiento dinámico de la coproductora antioqueña Diana Bustamante Escobar. Anotemos que su dirección de fotografía, montaje y diseño de sonido estuvieron a cargo de artistas tailandeses; en cuanto a la escenografía (minimalista) y dirección de arte (concreta), Angélica Perea y Juan Díaz B. compartieron estas labores.

Con diálogos escasos, apenas palpables, la cámara se mantiene estática y nos obliga a preguntarnos qué hay detrás de cada una de esas raras imágenes sin música. A partir de un inquietante diagnóstico mental se desarrolla la no-historia que, básicamente, radica en un ruido profundo, seco, solo percibido por su protagonista femenina y proveniente, según ella, del fondo de la Tierra. Desde sus comienzos emergen algunas de las constantes narrativas de tan recóndito autor: enfermedades sicosomáticas y terapias no tradicionales, desde hospitales y laboratorios clínicos, en medio de la exuberancia tropical de húmedos y verdes parajes afines a las selvas del sudeste asiático —siendo hijo de galenos su infancia transcurrió en varios policlínicos de provincia—.

Siempre hay algo extraño en sus tomas: cuarto oscuro con persianas o cortinas cerradas, se vislumbra el amanecer bogotano, y una mujer que quizás ha sufrido las consecuencias del insomnio se despierta con el estruendo parecido al de una bomba; simultáneamente, en un céntrico parqueadero, los carros encienden sus alarmas y luces intermitentes. Tras la vigilia del sueño y el difuso hilo de las alucinaciones, Jessica Holland visita una unidad de cuidados intensivos donde yace su hermana Karen, golpeada por un fantasma canino, y enseguida busca identificar con el ingeniero de sonido lo que oye en su interior.

Sin pretender describir las cosas extrañas que suceden dentro de sí mismo y a su alrededor, continúan las pesquisas individuales, y tales impactos acústicos cada vez se hacen más recurrentes e imprevistos. Nada se descarta sobre sus orígenes y surgen hipótesis o asociaciones de memorias atávicas y difusas del entorno: evidencias forenses en excavaciones del túnel de La Línea de cráneos precolombinos trepanados, pinturas en blanco y negro de siluetas urbanas y fantasmas caleños delineados por Éver Astudillo, murmullos que brotan del fondo de una quebrada y apariciones de quien escama pescados para súbitamente dormirse sin soñar.

Imperdonable ignorar el magnetismo anímico aportado por la blanquísima superestrella escocesa Tilda Swinton, quien se aparta de sus acostumbradas y excéntricas personificaciones espectrales para crear una semblanza humana, doliente e hipersensible. Así mismo, desestimar las actuaciones paralelas del relativamente joven Juan Pablo Urrego, como experto sonidista, y, con algunos años más, Elkin Díaz, confinado en su terruño quindiano —al revisar los créditos encontramos que ellos dos son el mismo personaje llamado Hernán Bedoya—. Si algún reproche puede hacerse, y se lo manifesté a la coproductora Bustamante, es el afiche oficial de tan enigmática creación fílmica: mujer acostada de medio lado confundida a la distancia con las líneas de una cordillera gris.

Como sus películas aluden a médicos, enfermeros y pacientes terminales, Memoria no podría ser la excepción. Desde Tropical Malady —su nombre lo dice todo—, Síndromes y un siglo, o extrañas dolencias que asolan a pacientes de dos centros médicos rurales, El tío Boonmee evoca sus vidas pasadas (Palma de Oro, Cannes, 2010), en torno de las almas en pena de una familia campesina, y Cementerio de esplendor, con soldados que caen en sueño profundo en el pabellón construido sobre un camposanto real. Lo sobrenatural se revela para preguntarse en sus propias palabras qué les pasa a los ojos cuando están abiertos y no ven nada.

MAURICIO LAURENS

(Lea todas las columnas de Mauricio Laurens en EL TIEMPO, aquí)

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